Archivo para agosto 2009
WILCO, AUTORRETRATO DE UNA PERSONALIDAD MÚLTIPLE (2009)

En el número de junio de Ruta 66, el compañero Iván López Navarro y un servidor ofrecíamos nuestros encontrados puntos de vista a propósito de la carrera de Wilco, un fuego cruzado alrededor de la figura de Jeff Tweedy, líder complejo, atormentado antaño y más relajado hoy en día, de una formación a la que, en cualquier caso, no puede negársele su envidiable capacidad para erigirse en referente del rock contemporáneo sin renunciar un ápice a su férreo compromiso con su particular visión, siempre regenerándose, siempre viva, de la música popular norteamericana. Porque, en última instancia, más allá de apreciaciones subjetivas (de sus fans y de sus detractores o de ambos en su faceta periodística), lo que siempre acaba emanando en los discos de Wilco es el quejido interior de un compositor, Jeff Tweedy, cuya obra es el mejor manual para calibrar al hombre que respira (se duele, se alegra, siente y vive) en ella. No, el Tweedy que canta en Wilco (The Album) no es el mismo que vibraba en A.M. ni tampoco el que se retorcía en A Ghost Is Born; es otro Tweedy, a su vez la suma de todos los anteriores. Con ellos tuve el placer de charlar una tarde de mayo…
En «Wilco (The Song)» le cantas a vuestros seguidores que Wilco siempre estarán allí en los malos momentos; supongo que es también tu nota de agradecimiento por su apoyo incondicional en tiempos menos plácidos para ti que el actual, ¿no es así?
Existe una buena química entre nosotros y nuestros seguidores y eso es algo que nos ha beneficiado a lo largo de estos años. Me emociona saber que nuestros discos han sido compañeros de viaje de estos fans en los momentos buenos y en los malos, como otros discos también lo han sido para mí. «Wilco (The Song)» es una canción mucho más sincera de lo que alguna gente pueda pensar; habrá quien crea que estoy siendo irónico, pero solo quería reflejar en ella este sentimiento recíproco de afecto. Leer el resto de esta entrada »
EL CHULETÓN Y YO (2006)

“Un plato con un poco de menestra y un buen solomillo y se lo zampa ricamente”, cuenta orgulloso el propietario del restaurante Erekatxo, en el pueblo de El Regato, a pocos kilómetros de Bilbao. Habla, claro, de su querido can, afortunado ejemplar de caza al que nutre con los más selectos manjares, un inigualable boccato di cardinale perruno rico en carbohidratos que basa su exquisitez en la calidad de los productos de la tierra vasca. Mientras se deleita con la dieta de su fiel compañero, servidor ansía hincarle el diente al crepitante chuletón que ante mí acaba de dejar con gracejo norteño. Adornado con humeantes patatas y un par de brillantes pimientos rojos, el chuletón impone respeto y admiración. Mis compañeros de mesa, routiers savants de primerísimo orden – a saber: el Gonzalo, el Gegúndez y el Ranedo-, me retan a vencer por KO al inerte ejemplar, a no dejar mínimo rastro de su existencia en el ardiente plato. La refriega es larga y disputadísima, en un diálogo estómago-chuletón digno de las mejores veladas pugilísticas; pero el honor del routier catalán está en juego ante la facción vasca que observa el combate con el corazón en un puño y uno es de esos que se crece en las plazas más duras, ante los platos más rebosantes. Gano a los puntos, grasa incluida y hueso roído con fruición. Soy un digno routier savant, pues. Leer el resto de esta entrada »
AUDIOSLAVE, MIRANDO ATRÁS CON IRA (2002)

El morbo. ¿Rage Against The Machine con Chris Cornell? ¡Quiero oir eso!… ¿O no? El morbo, decíamos. Pongámonos nostálgicos ¿vale? En 1992 yo (quizá como tú) tenía 15 años y no sabía qué coño me pasaba. La adolescencia, vamos. Digan lo que digan, mi recuerdo de los 80 a nivel musical es una mierda bochornosa. ¿Replacements y Hüsker Dü? ¿En qué canal, colega? Acostumbrado a lidiar con cosas como Spandau Ballet, China Crisis o Inmaculate Fools, imagínate lo que significó para mí visualizar esas animadoras agitando sus pompas, ese viejo balanceándose apoyado en su fregona, ese público agitándose en las gradas, esa maldita camiseta andrajosa a rayas verdes y negras. Nirvana, “Smells like teen spirit”. Sí, amigo lector, de ahi vengo. Esa fue la primera vez que un grupo del presente me hablaba, a mí, en un lenguaje que, más allá de diferencias idiomáticas, era capaz de sentir como propio; un estallido de angustia que sintonizaba con algo, ese nosequé, que yo, a pesar de los 10 años que me separaban de sus creadores, también sentía. Y luego estaba Dios. Porque también inolvidable es la estampa de Chris Cornell cabeza abajo en el clip de “Jesus Christ Pose”, single estrella de un Badmotorfinger que puso en órbita a Soundgarden. El estallido de ambos grupos me llegó con meses de retraso respecto a su alumbramiento en Estados Unidos. Pero la necesidad de saciar mi sed de rabia vinílica me puso en alerta; estaba preparado para atrapar a Rage Against The Machine… o eso creía yo.
El enigmático Kim Thayil dejó de ser el “guitarrista más grande del mundo” cuando un amigo me pinchó “Bombtrack” en el comedor de su casa. Papá y mamá no estaban. Al gato y a mí se nos erizaron los pelos cuando Zach de la Rocha (“¡qué nombre tan guay!”, pensé) empezó a escupir pus. ¿Eso era cantar? “Burn, burn, yes ya gonna burn”. El K.O. vino a continuación, con “Killing in the name”. Pelea de almohadas y patadón al gato. Juventud, divino tesoro. “Now you do what they told ya”… Y una mierda. Un tipo quemándose a lo bonzo, consignas anit-imperialistas, ataques frontales al corporativismo yanqui… Y yo mirando el retrato del Ché calzado con las Converse de los Lakers. ¿Incongruencias? ¿RATM grabando en Epic, subsidiaria de la todopoderosa Sony? La revolución debe ser televisada. ¡Ja! Yo descubrí que todo su mensaje era, por desgracia, pólvora mojada en una noche de juerga en el antiguo A saco barcelonés. Pincharon “Killing in the name” y cuando grité, para mis adentros, “Now you do what they told ya”, decubrí que toda la sala bramaba una misma consigna: “¡Que me chupes la polla!”. Ahora, diez años después, todo sigue más o menos igual. “Lo hice todo por el coño”, se enorgullece el bravucón Fred Durst en “Nookie”, himno generacional parido por Limp Bizkit. La Máquina ha vencido. Leer el resto de esta entrada »
THE GORIES, HOUSEROCKIN’

Houserockin’
Wanghead With Lips (1989)
11 temes / 27 minuts
“La millor banda americana de garatge des dels anys 60. Molt primitiva, molt bona i no tant bona. La majoria de les seves cançons eren robades, però sempre van moure’s al marge de la llei a Detroit i van aconseguir que aquells que lluïen guitarres Les Paul i amplis Marshall semblessin idiotes”. Així descrivia a The Gories l’heroi blanc-i-vermell, Jack White, en una entrevista a la revista anglesa Mojo (setembre, 2002), quan The White Stripes van ocupar-ne la portada arran de l’èxit d’un disc, White Blood Cells, que va posar Detroit al mapa mediàtic. Era la tercera referència del duo per a Sympathy fort he Record Industry, segell californià per a qui White va coordinar i co-produir el recopilatori Sympathetic Sounds From Detroit (2001), modest artefacte promocional sobre les virtuts sonores de tretze bandes de la ciutat que, gràcies al boom del duo bicolor, van poder captar, ni que fos momentàniament, l’interès de la premsa i les discogràfiques en una nova versió, més moderada això sí, del hype-post Nirvana que s’havia viscut a Seattle deu anys abans. Entre les troballes, els despistats van descobrir Dirtbombs, l’última aventura de Mick Collins, el padrí de l’escena local des dels dies en què representava el 33% de The Gories, la banda que va plantar, a cops de guitarra (dues, passant de baix) i bateria, l’oxidada llavor d’una música sense la que no es podria entendre l’existència de joves diamants en brut com Detroit Cobras, Paybacks, Soledad Brothers, The Von Bondies, The Go, Gore Gore Girls, Bantaam Rooster o The Sights. Leer el resto de esta entrada »
EL CINEMA QUE ENS VA FER HOMES (2004)

John Cusack i la seva singular família a "Better off dead"
Quins records, els anys vuitanta! Els qui fem Ortodòncia érem uns marrecs quan Naranjito competia amb el Michael Jackson de Thriller com a personatge catòdic més terrorífic. Cansats de l’evocació nostàlgica amb què la generació anterior a nosaltres ens bombardeja cada dos per tres –ja n’hi ha prou de Tony Manero, Starky & Hutch, ABBA, Boney M, Joy Division i Pippi Calzaslargas -, aprofitem aquesta plataforma d’expressió lliure per reivindicar la nostra pròpia cultura audiovisual, la nostra veritable educació sentimental. Els nascuts a finals de la dècada de 1970 conformem, amb tota seguretat, l’última generació d’espectadors que es va apropar a l’aparell televisiu esquivant la vigilància paterna, segurs com n’estàvem que existia un revers tenebrós més enllà de la bondat de Chanquete o la germanor dels Mosqueperros. Quants de nosaltres no entreobríem la porta del menjador per observar furtivament com JR maltractava Sue Ellen, com Don Johnson netejava Miami de camells i proxenetes o com Sabrina feia voleiar el seu pitram al ritme de “Boys”? Cinematogràficament parlant, els pre-adolescents ho teníem força difícil per accedir als títols més anhelats d’aquella època –des de Nightmare on Elm Street a 9 ½ weeks- i havíem de conformar-nos amb anar al cinema a veure K-9, Gremlis, Karate Kid, Labrynth, Goonies o Ghostbusters, cintes entretingudes però poc sucoses pels esperits àvids d’experiències impactants. A nivell personal, la irrupció del VHS i els videoclubs va ajudar-me a conèixer els maldecaps de l’adolescència a través d’una sèrie de títols que entraven a casa meva gràcies a l’amic del germà gran d’un company de classe que podia llogar-les lliurement. Recordo una sessió clandestina memorable a casa d’aquest company en què vam empassar-nos Porky’s i Poltergeist d’una tirada; acabat el passi, estàvem tan garratibats que vam jurar que mai revelaríem als pares l’atreviment comès, com si el visionat d’aquelles pel.lícules anés a comportar la nostra excomunió del paradís de la infància innocent a que estàvem abonats.
D’innocència corrompuda n’anava ben servit el cinema juvenil facturat per Hollywood durant el regnat del conservadorisme reaganià. Tot i que menyspreades en el seu moment per una crítica allunyada dels codis del jovent de l’època, algunes d’aquelles comèdies esbojarrades han anat guanyat consideració amb el pas dels anys, com si aquell humor epidèrmic que sabotejava la correcció política i les bones maneres fos una entranyable relíquia del passat ens aquests temps d’ara on els adolescents devoren títols molt més explícits com American Pie o Road Trip. Amb tot, les comèdies produïdes a rebrot de l’èxit dels germans Farrelly no són més que una posada al dia d’aquells pioners títols que, a partir de finals dels setanta, van començar a parlar de tu a tu a tota una generació de xavals nord-americans àvids d’orgies universitàries en pantalla gran. Leer el resto de esta entrada »
THE WHITE STRIPES, LA RUTINA SERÁ SU MUERTE (2007)

“Estás en tu pequeña habitación trabajando en algo bueno
Pero si es realmente bueno vas a necesitar una habitación más grande
Y cuando estés en esa habitación quizá no sepas qué hacer
Quizá debas pensar en cómo empezaste cuando estabas sentado en tu pequeña habitación”.
“Little Room”, The White Stripes (“White Blood Cells”, 2001).
Uno entendería que pudiera costarles lo suyo a Jack y Meg White acordarse de cómo empezó todo desde la planta treinta y pico del Hotel Arts de Barcelona. El amplio ventanal que llena de sol primaveral su espaciosa habitación les aboca al difuso perfil de una ciudad que, como ellos, ha vivido mucho en muy poco tiempo. Pero si uno atiende a su nuevo y fascinante “Icky Thump”, concluye que la de The White Stripes no parece haber sido una transformación tan grotesca como la de la ciudad condal. Mientras ésta se desnaturalizaba para abrirse al mundo hasta convertirse en paraíso para turistas y plaza hostil para sus ciudadanos, la discografía post-“White Blood Cells” (2001) del dúo de Detroit ha sabido progresar sin perder su esencia, espoleada por el poliédrico talento de un tipo que, pese a saber que jugaba con la ventaja de liderar el grupo del momento, ha ido utilizando con inteligencia su carta de libertad creativa para desafiarse a sí mismo e, indirectamente, también a aquellos que creían que su éxito, quizá coyuntural, acabaría por mermar la capacidad de regeneración de un discurso que ha ido mostrándose mucho más maleable de lo que casi todos pensábamos en un principio.
Después del éxito comercial, que no crítico, del difícil pero quizá infravalorado “Get Behind Me Satan” (2005), Jack White decidió tomarse un respiro y salir a la carretera junto a The Raconteurs, el grupo nacido de sus “encuentros informales para tocar algo” con su amigo y vecino Brendan Benson que acabaría provocando “Broken Boy Soldiers”, breve y desenfadado maridaje entre el clasicismo pop-rock de Benson y los exabruptos setenteros de White, juguetonamente secundados por Patrick Keeler y Jack Lawrence, la sección rítmica de The Greenhornes. Pero pese al chute de aire puro que ese divertimento insufló en su organismo, Jack tuvo que volver a hacer frente a los fantasmas del pasado. Si en 2003 ya llegó a las puños con su antiguo amigo Jason Stollsteimer (líder de Von Bondies, otro grupo de la escena garagera de Detroit), ahora debía hacer frente al pleito que su antiguo colaborador Jim Diamond interpuso contra el dúo por los royalties generados por sus dos primeros discos, ya que entendía que su trabajo como productor de su debut de 1999 y como responsable de las mezclas de “De Stijl” (2000) había sido determinante en la creación del sonido distintivo del grupo. Abrumado ante la hostilidad oportunista del que creía su amigo, Jack se encerró con Meg para empezar a trabajar en su primer disco para Warner Records USA tras el fin de su contrato con la reestructurada V2 (aunque en Europa sigan unidos a XL Recordings). El reencuentro con Meg (que durante la entrevista se mantiene en un discreto, entre tímido y bobalicón, segundo plano) fue como una vuelta al hogar para el atribulado geniecillo bicolor. Así, el expansivo “Icky Thump” se ha acabado beneficiando de la reforzada seguridad como artista de un Jack White que se sabe superviviente, que parece ya cómodo en su papel de involuntaria superestrella. Leer el resto de esta entrada »
DON LETTS, PUNKY-REGGAE CELLULOID PARTY (2007)

Impresionan sus interminables rastas e impresiona su infatigable labia. Don Letts (10 de junio de 1956; Londres, Inglaterra) estuvo a finales de octubre en Barcelona invitado por el In-Edit Beefeater, el Festival Internacional de Cine Documental Musical que, en su quinta edición, le rindió homenaje con una retrospectiva que incluía dos de sus filmes más aclamados –Punk:Attitude y The Clash: Westway to the World– y tres de sus últimas producciones, estrenadas en España en el marco del festival –Franz Ferdinand: Rock It To Rio, Tales of Dr. Funkenstein: George Clinton y Soul Britannia–. Analista lúcido de un presente musical en el que no acaba de encontrarse cómodo, cronista de una época pasada, la de la explosión punk británica, que evoca aunando nostalgia y mordacidad, Letts mantuvo clavado en su asiento al arriba firmante durante más de una hora de conversación apasionada y llena de frases-sentencia cargadas de verdad. “Quiero hallar en el presente cosas que me apasionen y me hagan vibrar. Pero cada vez resulta más difícil dar con algo nuevo, fresco y excitante. No encuentro hoy en día bandas que me lleguen al corazón como entonces, no conecto con unos nuevos Clash o unos nuevos Sex Pistols, ¿dónde están? Yo no los veo. Cuando yo empecé, las bandas eran 100% anti-sistema, iban en contra del orden establecido, a nivel estético, musical, industrial y social. Hoy en día, la mayoría quieren ser parte del sistema, me aterra comprobar el conservadurismo de la gente joven. En los días del punk rock solíamos decir ‘nunca te fíes de alguien mayor de 30 años’. Bien, pues hoy en día miro a mi alrededor y pienso que quizá no deberíamos confiar en los menores de 30. Hace poco unos chavales me dijeron que sonaba como un viejo cascarrabias; le di vueltas a ello y llegué a la conclusión que si estoy cabreado es porque los jóvenes de hoy no lo están bastante. Pero, hey, el mundo es algo enorme y maravilloso y si tienes la fortuna de dar con lugares recónditos donde a los críos no les han comido la cabeza con la MTV, apreciarás ideas muy interesantes. Creo firmemente que la auténtica revolución la promoverán los más inocentes y amateurs; el resto estarán todos leyendo el mismo libro, esa es la parte negativa de la globalización”. Leer el resto de esta entrada »
FRANK BLACK, OTRA ENTREVISTA SIN PELOS EN LA LENGUA (2007)

“¡Soy el adolescente del año! ¡Soy el adolescente del año! ¡Soy el adolescente del año!”, grita un histérico Frank Black sobre la temblorosa tarima de la sala Apolo de Barcelona. Que se jodan los Pixies, que se joda Nashville, ¡Dios bendiga a Herman Brood! El artista de culto holandés, torbellino humano, junkie suicida y creador radical, ha marcado a fuego el inesperado, ciertamente sobrecogedor, tour de force acometido por Frank Black, ahora de nuevo Black Francis, en su último disco en estudio, “Bluefinger” (Cooking Vinyl / Discmedi). Después de la gira-karaoke de retorno (a medias) de The Pixies y tras grabar “Honeycomb” y “Fast Man Rider Man”, sus dos incursiones en los sonidos del Sur de EEUU de la mano de veteranos session men como Spooner Oldham, Steve Cropper y Anton Fig, Francis vuelve a salirse por la tangente, cuando ya nadie espera nada nuevo de él. Craso error, ya lo dijo en una entrevista: “Nunca te gustarán mis jodidos discos si solamente los escuchas una vez”.
Es por ello que, a mi entender, el recientemente editado recopilatorio “93-03” funciona solo a medias. Sí, cumple su misión como seductora, directa tarjeta de presentación para neófitos, como una especie de resumen apresurado para aquellos que no quieran hacerse con los once discos editados por el orondo ex –duendecillo desde que mandó al carajo a Kim Deal, pero menoscaba el disfrute que uno halla en las carreteras secundarias que uno transita al escuchar sus trabajos de cabo a rabo, ya sea perdiéndose en la delicadeza de “Every Time I Go Around Here” (“Frank Black”, 1993), en las andanzas del primer colectivo socialista californiano de “Llano del Río” (“Dog in the Sand”, 2001) o en el acento latino de “This Old Heartache” (“Show Me Your Tears”, 2003). Cierto, la sombra de su legado como artífice del grupo que subvirtió las reglas del rock hace ya veinte años sigue siendo demasiado alargada como para ayudar a poner más luz sobre el trabajo en solitario de Francis. Y más aún si, contradicciones de la vida, el propio interesado reactivó el culto con la tan ansiada (¿también por ellos?) gira de reunión. Pero FrankBlackFrancis no ha venido a Barcelona a justificarse. Se la suda nuestra opinión, pero con una elegancia y un sentido del humor que destierra cualquier atisbo de esa prepotencia tan recurrente hoy en día en otros artistas, jóvenes y veteranos, cuya carrera no posee ni la relevancia ni la coherencia de este cuarentón todavía belicoso, un tipo que sigue comiéndose la vida a bocados. Leer el resto de esta entrada »
WES ANDERSON, EL HOMBRE QUE QUERÍA A LA GENTE (2003)

“Pobre abuelo, me reía de sus palabras /
Creía que era un hombre amargado /
Cuando me hablaba de cómo son las mujeres.
Te atraparán y te utilizarán antes de que te des cuenta /
Pero el amor es fuerte y tú eres demasiado bueno /
No lo demuestres nunca.
Desearía haber sabido lo que sé ahora /
Cuando era más joven.
Desearía haber sabido lo que sé ahora /
Cuando era más fuerte…”
“Ooh La La”, Faces
Cae el telón, Ron Wood le canta al amor perecedero y, con un nudo en la garganta y los ojos humedecidos, sé que acabo de ver una película que para siempre vivirá conmigo. “Academia Rushmore” (1998), segundo largometraje de Wes Anderson, conmueve del mismo modo que las canciones menos efusivas y arrabaleras de los Faces. Pienso en “Devotion”, “Tell Everyone”, “Love Lives Here”, “Debris”, “Glad and sorry” o la citada “Ooh La La”, emocionantes muestras de una manera de entender el rock (y la vida) que parece haberse perdido. En este sentido, asistir al despertar a la madurez de Max Fischer, el protagonista de “Academia Rushmore”, te reconcilia con esa vida (y ese cine) que creías haber olvidado. No en vano, muchos han querido ver en Anderson el líder de una refrescante corriente dentro del cine norteamericano reciente: la Nueva Sinceridad. Aunque confiese sentirse ajeno a modas y etiquetas, lo cierto es que si le echamos una ojeada a lo que se viene facturando en su país en los últimos tiempos nos damos de bruces con la realidad: Wes Anderson está sólo. No es que sea mejor o peor que sus compañeros de generación “indie”, o que no comparta ciertos elementos con algunos de ellos (el Richard Linklater de “Slackers”, el añorado Kevin Smith de “Persiguiendo a Amy”, el Morgan J. Freeman de “Hurricane Streets”, el Alexander Payne de “Acerca de Schmidt”, la Sofía Coppola de “Las vírgenes suicidas”), pero la certeza de estar viendo a un cineasta que parece haber alcanzado su cúspide creativa tan pronto, con tan desarmante honestidad narrativa y tan preclara ejecución formal, raramente se produce hoy en día. Aunque otro Anderson, Paul Thomas, se cargaría de un plumazo esta reflexión.
Y como suele ocurrir en estos casos, tú te preguntarás: “¿De verdad hay para tanto?”. Quizá no sirva de mucho, pero antes de sentarme a teclear estas palabras sentí la necesidad de volver a visionar “Academia Rushmore” para rescatar las imágenes, las palabras y las sensaciones del baúl de la cinefilia y así afrontar la imposible tarea de verbalizar los logros ajenos con la película más fresca en mi presente. ¿Y sabes que pasó? Volvió a caer el telón, Ronnie le volvió a cantar al amor que se va y, con un nudo en la garganta y los ojos humedecidos, supe que, al día siguiente, debía llamar al buen amigo que me la recomendó para agradecerle otra vez que quisiera compartir ese gozo íntimo conmigo. Porque “Academia Rushmore” es de esa clase de posesiones privadas que uno no suele querer compartir con todo el mundo, un pedazo de nuestro “yo” más profundo que uno duda si mostrar por miedo a la incomprensión, a la indiferencia o al más que probable “no había para tanto”. Pero es un secreto a voces que el cine, antes que materia para el onanismo sentimental, es arte nacido para tocar cuantos más corazones posibles. El amigo que me la recomendó lo sabía. Y es que si en lugar de “Academia Rushmore” estuviese hablando de “Box of Moonlight”, “Swingers” o “You can count on me”, mucho de lo expuesto hasta ahora sobraría; porque, al contrario que esas pequeñas joyas más o menos recientes, la segunda película de Wes Anderson no se estrenó comercialmente en España. Muchos la descubrimos en Canal +, y sólo después del relativo éxito de “Los Tenenbaums” (2001) la gente empezó a navegar por Internet a la caza y captura de este verdadero filme de culto. De la odisea para poder visionar su ópera prima, “Bottle rocket” (1996), mejor ni hablamos… Leer el resto de esta entrada »
PAUL ZALOOM (2004)

Si rebusquem entre el material de suport del “Curs de treballs pràctics de física al batxillerat” organitzat l’octubre de 2002 per la Subdirecció General de Formació Permanent i Recursos Pedagògics del Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya, trobem un document, dins l’apartat Electricitat i magnetisme, que explica als alumnes a construir un motor senzill. El seu sobrenom? Motor de Beakman. Qui sap, potser un dels “membres del Seminari permanent de formació de formadors de Física i Química” va descobrir l’enginy motoritzat mentre veia Beakman’s World en companyia del seu fill. Això explicaria l’entusiasme amb què el presenta als alumnes: “A causa de les poques peces que té, segurament és el motor més senzill del món i quan se’l veu funcionar sorprèn la velocitat amb què gira. Qui no té un motoret és perquè no vol!” Aquesta exclamació final, aquest al.leluia pedagògic, segurament és la millor verbalització de l’excitació amb què tots – pares i fills, mestres i alumnes – ens assèiem cada tarda a veure Beakman’s World, el millor programa educatiu de la dècada de 1990. Divertit i enginyós, emocionant i frenètic, instructiu i respectuós amb l’espectador: una relíquia del passat. El mestre de cerimònies era en Beakman, científic d’infinits pèls en punxa i inoblidable bata verda que ens explicava els secrets de la vida – per què el cel és blau? Per què les girafes tenen el coll tan llarg? Com es construeixen els ponts? Com esdevé granota un capgròs?- de manera senzilla i apassionada. L’ajudaven en Lester, un ratolí (o era un home?) panxut i esbojarrat, i una jove assistent – Josie, Liza i Phoebes es van anar succeint – que tractava de seguir els seus frenètics moviments.
A Ortodòncia hem volgut rendir tribut a aquest meravellós programa parlant amb en Beakman en persona, l’actor Paul Zaloom, un humorista i titellaire de prestigi, premiat amb múltiples guardons tant per Beakman’s World com pels seus espectacles en solitari carregats d’implacables dosis de sàtira política.
Quan vas descobrir el teu amor per les titelles I quines van ser les teves primeres experiències en aquest àmbit?
Mai oblidaré la primera vegada que vaig assistir a una representació del Bread & Puppet Theater, en un graner de fusta antiquíssim de Vermont. Em va meravellar l’enorme bellesa de l’espectacle i les possibilitats artístiques que les titelles oferien als qui les manipulaven. Va ser l’any 1971, quan estudiava al Goddard College de Plainflied, Vermont, on els membres del Bread & Puppet n’érem estudiants residents. Els protagonistes de l’espectacle que vaig presenciar, anomenat Grey Lady Cantata II, eren unes titelles gegants utilitzades com a conductores d’una performance de caire expressionista sobre la guerra. Aquell show va transformar completament la meva manera de veure el teatre. Leer el resto de esta entrada »