MY MORNING JACKET, THE JAYHAWKS, THE BLACK KEYS (2011)
CUANDO EL OJO SINTONIZA CON MY MORNING JACKET
La imagen que ilustra la portada de Circuital corresponde a un antiguo dispositivo electrónico conocido como Magic Tube Eye. Implantado en los aparatos de radio estadounidenses a mediados de 1930, este “ojo mágico” le servía al radioyente para sintonizar correctamente en su recorrido por el dial. A mayor intensidad lumínica irradiada por el MTE, mejor se oiría la emisora seleccionada. Y es que los ojos, los nuestros, también juegan un papel fundamental a la hora de sintonizar la grandeza de My Morning Jacket. Es una de esas bandas que alcanza su cénit creativo cuando reelabora en directo lo trabajado en estudio. Es una de esas bandas que a través de la puesta en escena de su cancionero es capaz no solo de captar a nuevos fieles sino de convertir en devotos a aquellos que eran escépticos ante sus discos. Mi primera experiencia visual con lo que los de Jim James eran capaces de hacer sobre un escenario no fue, sin embargo, en directo. Fue en YouTube, esa inmensa ventana virutal con la que los ojos de medio planeta sintonizan en búsqueda de nuevos impactos visuales. En mi caso fue un clip de su actuación en el show televisivo Late Night with Conan O’Brien. Play…
Tras la rutinaria presentación del simpático pelirrojo, la cámara nos ofrece un plano general picado del escenario, donde los cinco de Louisville están a punto de atacar un tema. Al arrancar los primeros acordes de «One Big Holiday», la cámara desciende hasta situarse al lado de un James que, con la melena cubriéndole el rostro, se encomienda a su guitarra Flying V para disparar el envolvente punteo inicial del tema. A partir de ahí, mi ojo no puede, no quiere parpadear. Patrick Hallahan aporrea la batería como un animal; Carl Broemmel riffea sacudiendo la cabeza y clavando la mirada en su púa; Two-Tone Tommy, otro melenas, agita vacilón su bajo; y, sentado en un taburete pero no por ello más comedido, Bo Koster le da al teclado con ímpetu. Y es entonces cuando irrumpe esa voz. Como si fuera un géiser surgiendo desde las entrañas de Kamchatka o un lobo marino aullándole a la luna desde las Galápagos, el melenudo de Louisville abre un cráter en medio del escenario para soltar su iridiscente lava: “Wakin up feelin good and limber / When the telephone it ring”… Y lo que sigue es difícil de describir sin abusar de hipérboles que contaminen la grandeza de lo acontecido en ese plató. Buscadlo y contadme, por favor.
La cuestión es que aquel vídeo, repetido hasta la saciedad en mi fanático ordenador, quedó borrado de un plumazo cuando tuve la oportunidad de escuchar con mis oídos y ver con mis ojos a MMJ interpretando «One Big Holiday» en directo. Fue el 2 de septiembre de 2006 en el Azkena Rock Festival. Poder verles por primera vez en directo y en ese instante crucial de su trayectoria –presentaban Z– es algo que agradeceré eternamente a los organizadores del festival. Dejarme envolver por la magia de sus canciones más hipnóticas, ensoñadoras y lanzarme al epicentro de sus canciones más fieras, torrenciales, todo ello bajo el cielo estrellado de Vitoria, es algo que no olvidaré jamás. Lo llevo grabado a fuego en las retinas y en el corazón.
SISTER CRY. GEMAS OCULTAS DE UN LEGADO INMARCHITABLE
No soy persona de lágrima fácil, lo admito. Me reconozco sensible y proclive a la emoción que anuda la garganta, sí. Pero el llanto, a excepción de en ese ámbito de expiación pública del dolor que son los funerales, es algo que prefiero liberar en la intimidad. En público me domina una estúpida vergüenza, no consciente sino que diría que genética, que le impide a mi cerebro ordenarle a mis lagrimales que rompan el dique que contiene con fuerza el fluir libre, sano de la emoción que inunda mi alma. Pero llegó un día que mi cerebro dijo basta, una noche que mi corazón ganó la batalla. Fue un 10 de febrero de 2001 en la sala Roxy de Zaragoza. The Jayhawks acababan de tocar el último tema de la velada en el que era el tercer concierto de su primera gira española. Era tanta la emoción que sentía en ese momento que fui física y mentalmente incapaz de contener el llanto. Había visto en directo a una de mis bandas favoritas de siempre tocando algunas de mis canciones favoritas de siempre y rodeado de algunos de mis mejores amigos de siempre. Imposible no llorar, ¿verdad?
Diez años después, sin embargo, quizá no hayan cambiado tanto las cosas. No recuerdo haber vuelto a llorar en un concierto. Ni siquiera en las distintas visitas que The Jayhawks han hecho a nuestro país desde entonces. Y por maravilloso que fuera ver a la formación original en Azkena 2008 o Primavera Sound 2009, mis ojos apenas se humedecieron. Está previsto que el nuevo trabajo del grupo de Minneapolis vea la luz en breve, una grabación que esperemos que desprenda más energía que ese Ready for the flood que Louris y Olson grabaron bajo la (también) adormecida supervisión de Chris Robinson. Con todo, hay que agradecerle a ese disco que al menos sirviera para rebajar un poco las tensiones que durante largo tiempo enquistaron la relación entre esas dos personalidades, tan opuestas pero tan complementarias. Desde entonces, además de la esporádica vuelta a la carretera del line-up original, hemos visto reactivado un catálogo que permanecía hibernado desde 2003, cuando vio la luz el estimable Rainy Day Music. Así, en 2009 vio la luz Music From The North Country – The Jayhawks Anthology, recopilatorio que en su edición deluxe le sirvió a Louris, supervisor de la operación, para mostrar algunas cartas largamente escondidas, gemas guardadas bajo llave en el baúl de los recuerdos del grupo. La primera de ellas era «Falling Star», tema inicial de su álbum homónimo editado en 1986 y que por aquel entonces llevaba muchos años descatalogado. Demos, caras B y versiones alternativas de temas de sus distintas etapas completaban una edición de lujo que se completaba con un DVD con varios de sus videoclips y parte de un concierto en Chicago de 1993 donde destacan interpretaciones sobrecogedoras de «Settled Down in Rain», «Take Me With You (When You Go)» o el «Reason to Believe» de Tim Hardin.
Espoleados por la buena acogida que tuvo el recopilatorio se animaron a recuperar su añorado debut, remasterizado a partir de las cintas originales y editado por Lost Highway en mayo de 2010 con un coqueto libreto diseñado por el propio Olson. El gérmen de su magia está ahí; era ése un disco titubeante, que presentaba a una banda por pulir pero con destellos de ese brillo que posteriormente nos cegaría. A principios de 2011 sus dos obras magnas, Hollywood Town Hall y Tomorrow the Green Grass eran objeto de dos reediciones de muy distinto pelaje. Así, su tercer disco, irreprochable en su formato original, ofrece apenas cinco cortes extra en su edición deluxe, tres de ellos pertenecientes al imposible de encontrar EP Scrapple… aunque localizables en el bonus disc que acompañaba a la edición europea original de 1995. Destaca por encima de todos «Leave no gold», casi seis minutos de emoción pura en los que Louris emula a Neiler con bravura. Tomorrow the Green Grass (Legacy Edition), en cambio, ya son palabras mayores. Se añaden también cinco temas con respecto al clásico del 92, brillando con luz propia el que le daba título al álbum, editado en su momento como cara B del single de «Blue». Pero el auténtico bonus, el tesoro recuperado que justifica por sí solo lo que te pidan por la reedición es el segundo CD, 18 cortes agrupados bajo el revelador título de The Mystery Demos, que rescata perlas inéditas grabadas mano a mano por Louris y Olson, con puntual acompañamiento del productor George Drakoulias. Música de siempre y para siempre. Tan hermosa que duele. Lo admito, he llorado escuchándola.
TCHAD BLAKE, EL HERMANO MAYOR DE THE BLACK KEYS
Lo reconoce Patrick Carney en la hoja de promo que acompaña el lanzamiento de Brothers: “Somos grandes admiradores de Tchad Blake. Su manera de aproximarse a las mezclas conecta con como nosotros creamos música. Respetar el pasado desde una perspectiva actual. Las mezclas que hizo para el disco de Blakroc nos impresionaron tanto que supimos que tenía que mezclar Brothers”. El propio Blake, en una estupenda entrevista publicada en la web oficiosa de fans del dúo de Akron (theblackkeysfanlounge.com), les devuelve el piropo y corrobora la opinión del que abajo firma de que The Black Keys son el grupo más soul (de alma) del momento: “En la actualidad me cuesta encontrar música (con ) soul. No hablo del género, R&B y derivados, sino de música con alma que cuando la escuchas penetra en tus cromosomas e inyecta groove en tus agallas. Brothers es un disco que te atrapa físicamente y yo me metí en el negocio de la música para poder trabajar en discos como éste. Lo pinchas y lo pasas de muerte, te hace sentir bien”. Tchad Blake, el hermano mayor de Dan y Patrick en su esplendoroso nuevo álbum, lleva más de 25 años poniendo su alma al servicio de grabaciones que nos lo han hecho pasar de muerte, que nos han hecho sentir realmente bien. Esa voluntad de propiciar con sus trabajos –principalmente como ingeniero de sonido, pero también como productor o responsable de las mezclas— una conexión física con el oyente le ayudó a ganarse la confianza, a mediados de la década de 1980, de aquellos artistas o grupos que querían huir del sonido artificial que imperaba en la radiofórmula de la época. En fraternal asociación con el productor Mitchell Fromm, Blake desarrolló su concepción sónica –basada en la fusión de lo orgánico y lo experimental, en la apuesta por la grabación binaural y el uso de artilugios de lo más variopintos para juguetear con el sonido— en discos fundamentales para entender su prestigio como Crowded House, Rumor & Sigh (Richard Thompson), Kiko (Los Lobos), Mercury (American Music Club) o The Criminal Under My Own Hat (T Bone Burnett). Para profundizar en su vena más experimental, Blake voló a solas para penetrar en el cavernoso mundo de Tom Waits, con quien colaboró como ingeniero de álbumes como Frank’s Wild Years o Bone Machine. Se reencontró con Fromm para el segundo, homónimo disco de Sheryl Crow, un trabajo que cimentó el prestigio del dúo como el equipo productor-ingeniero más solicitado dentro del pop-rock de los noventa. Repitió con Crow como responsable de las mezclas del directo The Globe Sessions (producido por Andy Wallace), un gran éxito de ventas que le reportó su primer (y hasta ahora único) premio Grammy. En el año 2000 Pearl Jam quedaron tan fascinados por su trabajo como productor de su sexto disco que decidieron ponerle un título de lo más significativo, Binaural. Desde entonces, además de su labor como ingeniero de los discos auspiciados por Peter Gabriel a través de su sello Real World, su inagotable talento ha seguido siendo reclamado por gente como Low, Dwight Yoakam, Gomez, The Dandy Warhols, Suzanne Vega, Ed Harcourt o Ron Sexsmith.
Textos: Roger Estrada
Publicados en Ruta 66


