
“Cuando escribo una canción yo solo en una habitación, en realidad la estoy escribiendo con toda la gente que he conocido en mi vida: con mi madre, con mi padre, con mis abuelos, con mis amigos…” Cuando escucho a Buck Meek (Houston, 1987) decirme esto en la grabación de la conversación que mantuvimos –él en los estudios Sugar Mountain de Brooklyn, yo en mi piso barcelonés; ambos a solas pero unidos en la distancia por la tecnología–, algo en mi hace clic y me lleva a coronar mentalmente su frase con un “y contigo”.
Lo sé, es un pelín vanidoso ponerse al mismo nivel que esos compañeros de vida y escritura que ha referenciado el guitarrista de Big Thief, pero permitidme la osadía de hacerlo mediante una fabulación que no busca otra cosa que mostrar mi íntima conexión con las canciones que Meek ha ido desbrozando en los aledaños a la banda que le ha dado reconocimiento internacional. Las de su cuarto álbum The Mirror (4AD / Popstock) emergen con una sinceridad emocional a flor de piel –y más allá del propio cuerpo– para hablar de la búsqueda del amor, de la necesidad de ser querido, del acto de crear en colectivo y de la disolución del ego como verdadera fuerza motriz del rock and roll, que no es otra cosa que la vida misma danzando al ritmo de la mejor música.
Cuando las letras de un álbum me resuenan de una forma especial, me gusta hacer un pequeño juego: uno la frase que abre la primera canción con la frase que cierra la última, a ver qué sucede. Con The Mirror el juego revela esto: “Making words up while we make love” … “It’s kind of outta body, I’ll keep it for that”. Es como si el disco empezara en un lenguaje privado y acabara en un lugar casi extracorporal.
¡Vaya, me gusta este juego! Hablo mucho de las experiencias fuera del cuerpo y de comunicarse desde otra dimensión. Hay unas cuantas canciones que se ocupan de esos umbrales: ya sea un umbral dentro de ti mismo, o entre tú y otra persona, o entre tú y otra dimensión. Va de abrazar las limitaciones del cuerpo, pero también de intentar trascenderlo: disfrutar de esas limitaciones y, al mismo tiempo, reconocer la trascendencia.
Y con ese lenguaje inventado, ¿buscas crear un código privado, un escudo o una manera de decir la verdad sin que la mente se interponga?
Suelo caer en mi propio patrón de conducta por miedo: como persona, como compositor, en mi relación con los demás y también conmigo mismo. Tengo actitudes propias del miedo, como estar pendiente de cómo suena lo que digo o cierta aversión al compromiso. Hay algo en interactuar con mi propia psique a través del juego que me ayuda a atravesar esa capa y llegar a la raíz, porque muchas veces la raíz de esos miedos es algo inocente. En realidad solo quiero que me quieran, y creo que por eso tengo miedo al amor. Cuando entro en un estado lúdico puedo llegar a entender lo que hay detrás de ese miedo. Inventarme palabras es una de las formas que tengo de permitirme jugar y de desbloquear algunas de esas emociones ocultas. Y aunque jugar pueda parecer vulnerable o frágil, en realidad es increíblemente poderoso, porque estás rompiendo todas las reglas y eso puede hacerte sentir muy fuerte.
¿Te gusta pensar el amor como algo casi físico que sucede aunque no sepamos explicarlo?
Sí, me gusta pensar el amor así… y también la música. No soy científico ni experto, pero me encanta la idea de que incluso en la música hay una ley física en cómo el sonido se combina para crear armonía. Una tríada musical tiene un orden al que, como seres humanos, nos sentimos emocionalmente atraídos. Puedes ver paralelismos en el espectro de la luz: el rango de frecuencias de un arcoíris tiene paralelos con una escala mayor. Hay un montón de paralelos entre la física, la música y la emoción, y por eso puedo imaginar que también debe de haber paralelos en el amor.
La forma en que te mueves en directo es juguetona y casi sensual; abrazas la interacción con la guitarra de una manera muy particular. Es simbiosis con la madera, que es naturaleza.
En la naturaleza siempre hay movimiento, es inherente a todos sus aspectos; incluso las cosas que parecen quietas se están moviendo. Y en la naturaleza también hay reciprocidad, relaciones entre elementos distintos que son, en cierta medida, simbióticas. Eso inspira mucho cuando haces música: soltar un poco el control, rendirte un poco al movimiento, encontrar las entradas más simples al proceso creativo —escribir una canción, tocar la guitarra, moverte en el escenario—, encontrar una puerta muy sencilla a través del movimiento básico y dejar que eso genere impulso.
En «Heart in the Mirror» hablas de que vas a intentar escribir una canción que no sea para los demás. ¿Qué cambia cuando decides escribir solo para ti? ¿Te sientes más libre o más expuesto?
La libertad y quedar expuesto van de la mano. Si me permito conectar con mi verdad, con lo que realmente quiero decir, sin estar pendiente de lo que piensen los demás, es un recurso inagotable dentro de mí. Abres el pozo, se desborda y solo eso ya es muy emocionante para alguien que intenta crear algo.
Ese nivel de apertura y honestidad no elude oscuridades, como cuando en «Can I Mend It?» hablas de perder los nervios y golpear la pared. ¿Qué clase de honestidad buscabas ahí: confesión, mirar tu propia sombra o tratar la reparación como una práctica diaria?
Creo que el testimonio del amor es el verdadero trabajo y que el verdadero poder de estar enamorado o de estar en una relación es rendirte a la opinión de alguien que te ve en todas tus caras. El sistema de recompensa del contacto humano, todas esas cosas que nos atraen hacia el amor, quizá está ahí para llevarnos a un estado de autorreflexión y, ojalá, a la capacidad de desarrollarnos y superar nuestros propios miedos. Es como si los nervios estuvieran ahí para avisarnos del peligro. En este álbum en especial, intenté escribir de la forma más simple y honesta que pude, confiando en que ya hay suficiente sutileza en la experiencia humana colectiva como para que haya profundidad. Y hacerlo sin cargarlo demasiado con poesía compleja, algo que en mi escritura a veces podía ser una manera de esconderme.

En «Ring of Fire», cuando cantas “Music is in my soul and Rock and roll is in my blood” la estrofa se vuelve comunitaria, con voces muy conectadas a tu vida. ¿Por qué ese verso necesitaba compañía y qué significa para ti el rock and roll?
¡Joder! Se me han puesto los pelos de punta solo de oírte hablar de eso. El rock and roll es mi cosa favorita, es la sensación de disolver lo individual en lo colectivo, volverte como un líquido en el tiempo y en el cuerpo. Podrías decir que es una sensación de tipo religioso, pero sin doctrina ni dogma. Eso me encanta: es espiritual sin una agenda más allá de sentirte libre. El coro en esa línea son Adrianne y James, de Big Thief: gente con la que he descubierto esa sensación a lo largo de los doce años que llevamos haciendo música. Hemos estado persiguiendo esa sensación por todo el mundo, cada noche. Es esquiva, pero creo que hemos cultivado una forma de dejar que venga a nosotros. A veces tienes que mirarla de reojo; si lo intentas demasiado, no ocurre.
Quería darte el pésame por la trágica muerte de tus amigos Tucker Zimmerman y de Marie-Claire Lambert. ¿Qué lugar tenían ambos en tu corazón y cómo fue la experiencia de trabajar en su álbum de 2024, Dance of Love?
Tuvieron un impacto enorme en mi vida, gracias por tus condolencias. Me marcó mucho el estado de juego en el que habitaron durante toda su vida; eran octogenarios pero tenían la energía propia de los niños en la manera en que trataban el lenguaje, la comunicación y su música. Marie-Claire fue profesora durante muchos años y tenía un ingenio increíble para moldear el lenguaje de los siete idiomas que conocía. Tucker escribía constantemente, desde que se despertaba hasta que se iba a dormir. Escribía poesía de manera verbal, en voz alta: hablaba y procesaba su vida a través del juego de palabras. Era una forma de interactuar con el mundo y de reunir a la gente, de hacer que las personas se sintieran queridas y comprendidas. Su arte consistía en hacer que la gente se sintiera vista, devolverles su belleza o su poder como un reflejo. Creaba canciones con su propio nombre, sí, pero en realidad estaba observando el mundo de un modo generoso. Aprendí muchísimo de eso.
Tu padre, Bill, es escultor de vidrio y junto a tu madre, Valerie, montaron la organización sin ánimo de lucro Arts From The Heart como servicio comunitario. ¿Cómo te moldeó eso, no solo en cómo trabajas, sino en cómo colaboras y compartes la autoría?
Ambos han sido una fuente enorme de inspiración. Mi padre siempre ha trabajado de forma incansable, literalmente sangraba sobre sus piezas. Está profundamente comprometido con el oficio y esa ha sido una gran lección para mí. Cuando era joven nos mudamos a un pueblo pequeño de Texas donde no había financiación para las artes en la escuela pública. Mi madre era psicóloga infantil y entendía la importancia de la creatividad para cultivar el espíritu de los críos. Pusieron en marcha Arts From The Heart para conectarles con las artes e invitaban a artistas de alrededor a hacer realidad esa conexión, totalmente gratis. Había niños que eran creativos por naturaleza pero empezaban a perder ese don por falta de cuidado, por falta de estímulo para conectar consigo mismos. Mis padres les animaban a hacer cualquier cosa, solo por tener la oportunidad de crear algo y sentirse validados. Ahí vi de verdad el valor del arte para empoderar a la gente.
Texto: Roger Estrada
Publicado en Ruta 66 (marzo 2026)












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