WORK IN PROGRESS…

Roger Estrada dixit…

AUSTIN PSYCH FEST. Jalapeños ácidos y sonrisas mágicas en la ciudad de Roky Erickson

Hay jet-lags y luego está el jet-lag que te aplasta cual alud tras ocho días de viaje físico y mental en Austin, Texas. Y si tres de ellos te los has pasado sumergido en un evento de las características del Austin Psych Fest, ya ni os cuento. O sí, claro que sí. Voy a rebobinar en mi aletargada memoria para recuperar los puntos álgidos de un viaje, de una experiencia personal que va mucho más allá del festival que me llevó a cruzar el charco ante la incredulidad de familiares y amigos. “¿Vas al South By Southwest?”, era la pregunta inmediata tras comunicar mi destino. Sólo los más freaks, los amigos más escorados hacia el lado psych del rock y de la vida, sabían de la existencia de su hermano menor, el festival creado en 2008 por Alex Mass y Christian Bland, cantante y guitarrista de The Black Angels, junto a Oswald James y Rob Fitzpatrick. Cuatro apasionados del rock psicodélico, cuatro activistas de la vidilla cultural de Austin, una ciudad que, no era consciente antes de mi partida, me cautivaría con una intensidad tal que ahora, ya de vuelta, sé que volveré a ella en un futuro no muy lejano. ¿Quizás en al APF 2013?

Los grandes viajes, las aventuras para el recuerdo tienen como punto de partida una idea alocada, una apuesta, un “¿Y si nos vamos a…?”. Nuestro viaje, el mío y el de María, Alicia, Deborah, Iván, Sergi y Marco tiene como punta de partida la barra de una taberna. Tras una ingesta masiva de tapas y quintos a otros les daría por encerrarse en el baño o irse de clubbing; a nosotros nos da por pillar los tickets de un festival de rock psicodélico llamado Austin Psych Fest. Que Brenda, Juan y Teresa tengan la misma idea al cabo de unos días nos hace creer, ingenuos como somos, que no estamos tan locos. En cualquier caso, a lo hecho pecho. Ya no hay vuelta atrás, Pay-Pal ha retirado de nuestras cuentas el importe de los tickets, unos ridículos 80 euros si tenemos en cuenta que vamos a ver en directo a bandas del calibre de The Brian Jonestown Massacre, The Black Lips, Olivia Tremor Control, Dead Meadow, Meat Puppets, Thee Oh Sees, Wooden Shjips, Woods, Psychic Ills, Entrance Band, Spindrift, Mind Spiders, Night Beats o Acid Baby Jesus. Y The Black Angels, claro. Pero lo mejor de todo, algo que sabríamos a las pocas horas de estar inmersos en el festival, es que el APF es más que las bandas que actúan en él. Mucho más. Pero volvamos al punto de partida. Ya tenemos los tickets, ¿y ahora qué? No vamos a pegarnos el palizón solo para tres días de festi y todo el mundo dice que Austin es una ciudad a descubrir. Lo decía Juan Santaner en su artículo “El mejor festival del mundo o la imperfección del caos” a propósito del SXSW (Ruta 249) y me lo ratificaron otros personajes de fiar que han acudido al macro-festival en distintas ocasiones, como Abel Suárez, Fernando Delgado y Yago Alcover. A todos ellos, y a Alex López, les agradezco enormemente toda la info que me proporcionaron sobre la ciudad y sus tesoros locales.

Cuando nos ponemos a mirar billetes, nos damos cuenta que para aterrizar en Austin hay que hacer tres escalas. Eso, unido a nuestra romántica idea de hacer algo de road trip, nos hace decantar por un viaje Barcelona – Nueva York – Dallas. Dallas, la ciudad de los cowboys y del serial más famoso de los ochenta. De George W. Bush, Lance Armstrong y Aaron Spelling. Y de Stevie Ray Vaughan y Vanilla Ice. Dallas, ciudad de una noche. Un chasquido de dedos, ventajas de la escritura, y ya estamos allí. Dejamos para el olvido un engorroso viaje en American Airlines (fuck you!) y empezamos a archivar en la retina aquellos instantes, aquellas anécdotas que salpimientan el relato de toda travesía. Siete personas con sus respectivas maletas solo caben en el Toyota Sienna con el que llegamos al Dallas Downtown Crowne Plaza, confortable hotel en el que cogemos fuerzas para al día siguiente emprender rumbo a Waco. He dicho Waco, sí. Pido ahora disculpas a mis compañeros de viaje por proponer esa parada. Maldita mitomanía: Steve Martin y Ted Nugent nacieron allí. Y en 1993, David Koresh y sus seguidores ardieron en el rancho de su secta de los Davidianos tras un asedio de 51 días por parte del FBI. Aterrador, pero ¿qué tendrá que ver eso con nuestro viaje?

Sea como fuere, de camino a Waco por la Interestatal 35 nos detenemos en un gigantesco outlet. Aparte del pillaje que hacemos en la tienda Lone Star Boots, lo más revelador de esa parada técnica es conocer a Frank, el vigilante del lugar. Cuando nos dirigimos a abandonar el recinto, el hombre detiene su vehículo, una suerte de carro de mini-golf, a nuestro lado y nos pregunta quiénes somos y qué hacemos allí perdidos. Viendo que lo nuestro es el rock, empieza a rememorar sus años mozos; es nuestro primer contacto con la amabilidad sureña y los mundos que separan al aficionado yanqui del español. Ese cincuentón que tenemos ante nosotros vio en su día a Led Zeppelin, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, Grand Funk Railroad y Santana, entre otros. Volvemos a la carretera con una sonrisa de oreja a oreja. Será la primera de muchas que se dibujarán en nuestros rostros a lo largo del viaje… Aprieta el sol y el hambre, así que nos detenemos en el Bubba’s, un restaurante de carretera a las afueras de Hillsboro. Nuevo contacto con la hospitalidad tejana (Hailey, una camarera para el recuerdo) y primero con las descomunales raciones made in USA. Nachos, quesadillas, tacos, hamburguesas y jarras de cerveza para perder el sentido y encomendarse al Dios Almax. Salimos de allí a duras penas y cuando por fin localizamos un motel con piscina (llamémosle jacuzzi sin burbujas), recibimos una noticia que nos deja helados bajo el intenso calor de Waco. Esa misma noche en Austin, a hora y media en coche, actúan The Black Keys en el Frank Erwin Center. El problema es que nos enteramos cuando quedan apenas treinta minutos que empiece su show. ¿Cómo mitigamos nuestro dolor? Tragando, claro. Cerveza, tequila y hot wings en generosas dosis. Mañana será otro día…

Desayunamos en un Denny’s (pancakes, scrambled eggs y esa agua sucia que llaman café) y enfilamos hacia Austin, ¡al fin! Allí nos espera el que será nuestro hogar durante nuestros días en la capital de Texas, el duplex que le hemos alquilado a Dallas Gremillion (thanks, man!) a través de la web Airbnb. Situado en un apacible suburbio al sur del río Colorado que cruza la ciudad, nuestro bunker festivalero es el sitio ideal para recargar baterías o agotarlas cuando nos echen del festival, según se tercie. Tras un chapuzón para mitigar el inclemente calor tejano y una visita a Wallmart para cargar la nevera hasta los topes, ya estamos listos para nuestra primera dosis de Austin Psych Fest. Nos acercamos al Red 7, en 7th St con Red River, donde se celebra la pre-party organizada por el festival y The Committee To Keep Music Evil, el sello de The Brian Jonestown Massacre, para que los más impacientes calentemos motores y pillemos nuestro primer gran ciego. Anton Newcombe y Joel Gidon están por allí, claro. El primero pinchando entre bolo y bolo y el segundo, sin sus inconfundibles maracas, dejándose agasajar por pesados como un servidor. También charlamos con Alex Mass y Christian Bland, pues este último también actúa esa noche junto a sus Revelators. Mis favoritos de toda la velada, o los que más impactan en mi etílica conciencia, son los locales The Wolf y muy especialmente Slow Motion Rider, un power-trío de Orange County que nos zarandea con un hard-rock garajero y triposo que retumba en mí como si Syd Barrett pilotara a Led Zeppelin o Lorenzo Woodrose a Grand Funk. Me quedo con sus jetos y su nombre antes de perder el norte. Fundido a negro.

Anton Newcombe

La primera jornada propiamente dicha del festival, el viernes, arranca con un calentamiento previo a base de ración de jalapeños en el Chupacabras de 6th St. (la mierda más picante que probaré ja-más) y extra de pillaje vinilero (highlight: la caja ed. limitada de 7” de Uncle Tupelo) en la mítica tienda Waterloo, en North Lamar con 6th St. Felices pero con ardores llegamos al Emo’s East, recinto de dimensiones medianas en el que, junto al cercano y más pequeño The Beauty Ballroom, se desarrollarán las actuaciones hasta el domingo. Los griegos Acid Baby Jesus se hallan ya en plena refriega lisérgica, embruteciendo con chulería crampiana el andamiaje Brill Building que sustenta buena parte de las canciones de su notable disco homónimo para Slovenly Records. Tras ellos, The Night Beats, ubicados en Seattle pero oriundos de Texas, le echan más leña al fuego con su traqueteo spídico; son sobrinos de The Black Lips y nietos de Electric Prunes. Les asalto al acabar el bolo: “Esto es nuestro hogar, tío. Nos sentimos en familia, con el público y con las demás bandas. Nos ha jodido perdernos a The Meek, pero hemos flipado con Acid Baby Jesus y nos morimos de ganas de ver a The Black Lips y a Psychic Ills”. Los de Nueva York son los siguientes en subirse al escenario, impregnando la sala grande con su caleidoscópica experimentación, sus sintetizadores marcianos y la manipulada voz de Tim Warren. Necesito un trago.

Vuelvo a las primeras filas para el doblete final, Dead Meadow y los padres de la criatura, The Black Angels. El pase de los de Washington DC magnifica la sensación que me produjo su bolo junto a Spindrit del año pasado en Barcelona: hay pocas bandas a su altura dentro del rock psicodélico actual. Por capacidad de crear atmósferas envolventes sin caer en la vacuidad jam y por la pasmosa compenetración y solidez de los tres músicos en directo. Asaltado vía mail al poco de mi regreso, el bajista Steve Kille me cuenta que “este es un festival para las bandas y el público, mientras que el SXSW está pensado para las empresas y la avaricia. Algún día alguien deberá explicar la relevancia del SXSW porque yo no la veo”. Y añade que “es lógico que tenga lugar en Austin, hogar de nuevas ideas, gente maravillosa y momentos inolvidables. Por no hablar de sus barbacoas. Es como el Berlín pre-caída del muro aislado en un mar de conservadurismo; pero es esperanzador ver que la expresión artística y la libertad pueden florecer en el más condenado de los entornos”. Eso lo saben bien The Black Angels, recibidos como auténticos héroes por una parroquia con ganas de poner los ojos en blanco y dejarse arrastrar hacia el lado onírico de la noche siguiendo su beat tribal, el tun-turun-tun-tun marca de la casa. Su set ahonda más en esa vertiente escapatoria, de ensueño que en los temas más directamente rock de su repertorio; a pesar de ello, no se me ocurre un lugar mejor para bucear mentalmente con las canciones más ensoñadoras de la banda que mejor sabe conjugar en presente las enseñanzas de Velvet Underground, The Doors, los Beatles ácidos y, claro está, 13th Floor Elevators. Que alguien los traiga de gira a España pero ya.

Dead Meadow

Día 2. Luce un sol maravilloso, las calles de Austin nos esperan. Hacemos un pacto con las chicas y nos dividimos en dos equipos. Ellas se lanzan a por el vintage clothing, nosotros a por el vintage vinyl. Tras dejarnos los dedos negros mirando cubetas en Antone’s (2928 Guadalpue St.), nos reencontramos en el Spider House, mítico garito del uptown que parece salido de la mente de un Tim Burton con síndrome de Diógenes a punto de exponer en una galería del SoHo. Brutal. Y se come de vicio. Nos atiende un camarero clavado a Ben Stiller pero bajado de revoluciones, por lo que tenemos que zamparnos los sándwiches (el mío un Sexy Sadie; croissant abierto con pollo asado, queso cheddar, espinacas, tomate, cebolla, todo empapado en alioli) y las cervezas Blue Moon en un santiamén. Un eructo y al Emo’s de nuevo. Llegamos justo en el último tema de Asteroid #4; una lástima pues estos ya veteranos de Filadelfia se mueven en un neo-clasicismo prog, de Love a Spacemen 3 pasando por Rain Parade o Bardo Pond, de lo más estimulante. Nada que ver con Mind Spiders, los más punks de todo el cartel, unos majaras liderados por el incombustible Mark Ryan, también al frente de Marked Men. Me quitan el sopor digestivo de un sopapo y ya estoy listo para asumir lo que se me viene encima.

En primer lugar, unos Spindrfit desbocados y liderados por ese experimentado chamán que es Kirpatrick Thomas. La combinación de su inclemente rock à la Hawkind con las imágenes del Ran de Kurosawa que se proyectan en la pantalla gigante me deja boquiabierto. Tanto como ver a Paz Lenchantin contoneándose durante el bolo de Entrance Band. La otrora bajista de A Perfect Circle y Zwan, se ha sumado al proyecto surgido de la mente del hiperactivo Guy Blakeslee para darle más empaque y brío sobre las tablas a un debut homónimo que prometía más de lo que acaba dando. El propio Blakeslee me cuenta sus impresiones del festival vía mail: “Creo que sonamos mejor que nunca y la respuesta de la gente fue positiva. Es lo que sucede cuando trabajas con gente como la del Emo’s y la del festival en general; te sientes arropado y atendido en todo momento. Yo supongo que tendrá que ver con el ambiente que se respira en Austin; aquí la gente vive relajada y feliz y eso se transmite cuando trabajas. Puedes vivir con poco dinero, lo que te da tiempo a darle salida a tus inquietudes, de cualquier tipo, lo que explicaría la vidilla musical, cultural tan intensa que existe”.

Decido pasar de Pink Mountaintops para ir a dar un garbeo por la zona que conecta las dos salas; ese espacio comunal donde se junta la peña para fumarse lo que tenga a mano y echarse unos tragos y unas risas al aire libre. Porque en el APF toda la gente está feliz y relajada, quizá porque el buenrollismo ácido predomina sobre la tensión encocada. Un tipo nos recomienda que vayamos a darnos un chapuzón a Barton Springs, otro que no nos perdamos a Amen Dunes. El batería de Night Beats, que lleva la misma ropa que el día anterior, maldice a los cabrones que les robaron las guitarras, pero regresa al espíritu “paz, hermano” cuando un colega le pasa su canuto. Una muchacha ataviada como si Woodstock hubiera sido ayer está sentada en postura de meditación, absorta en su universo interior bajo una lona con el logo del festival. Le pedimos permiso para hacerle una foto. Nos dice que sí y, al enterarse que somos españoles, nos regala un póster que les hizo a Guadalupe Plata cuando los malagueños estuvieron tocando en Austin. Otro momento mágico, sin duda. Regreso a Emo’s para disfrutar del folk preciosista y algo freak de Woods, el grupo neoyorquino liderado por Jeremy Earl y Lucas Crane. Ya me tenían robado el corazón por su versión del «Military Madness» de Graham Nash y por tener un instrumental llamado «Sol y sombra», pero tras su set de esa tarde-noche reconozco mi síndrome de Estocolmo con ellos.

Salimos a tomar el aire y nos encontramos a Cole Alexander, guitarrista de The Black Lips. Nos hacemos la groupie-foto de rigor y le comentamos que venimos de Barcelona. “¡En el Primavera Sound la vamos a liar!”, nos dice ilusionado. Cuando leas estas líneas ya habrán arrasado media ciudad condal, fijo. Antes de que hagan lo propio con el APF, tenemos cita con un grupo de culto, Olivia Tremor Control. Cabecillas del colectivo Elephant Six junto a Neutral Milk Honey y The Apples in Stereo, los de Louisiana despliegan su maravilloso pop technicolor ante una atónita audiencia, extasiada con los cientos de matices instrumentales, quiebros melódicos, fanfarrias de viento y guitarras en marea que brotan del escenario. Y a continuación, el caos, la batalla campal, el fin de fiesta perfecto. Todo eso tiene un nombre: The Black Lips. Ya ni sé las veces que les he visto, pero nunca me canso de ellos. Y conforme pasan los años, son sus conciertos de los poquísimos que todavía me resisto a no vivir en primera línea de fuego, entre la muchedumbre, recibiendo alegremente codazos de desconocidos con los que luego me fundo en un sudoroso abrazo. Durante 40 minutos vuelvo a tener 20 años y me siento el tío más feliz del planeta. Lo paso mal, no lo negaré, pero la excitación que me produce hacer el tocino al ritmo de temas como «Hippie, Hippie, Hoorah», «O Katrina», «Bad Kids» o «Modern Art» bien vale los días de agujetas posteriores. Y por muchos años. Volvemos al dulce hogar. Yo estoy molido, así que decido encerrarme en mi habitación mientras mis compañeros convierten la queli del pobre Dallas en su partícular Cúpula del Trueno, una cancha de Rollerball anegada en alcohol y decibelios para devorar la madrugada como si no hubiera un mañana.

The Night Beats & me

Pero lo hay, claro. Me levanto amoratado y algo espeso. El resto un poco más. Sin embargo, todos coincidimos en que hoy hay que echar el resto. Moriremos con las botas puestas. Y las gafas psicodélicas también, ya veréis. Vayamos al grano y situémonos ya en el recinto. 6:30PM, Dead Confederate. Intensos y con el punto épico justo, los de Georgia repasan los temas de sus muy, muy notables Wrecking Ball y Sugar para reafirmarme en la idea de que ojalá Neil Young les hubiera tenido a mano para grabar con ellos Mirror Ball y no con Pearl Jam. ¿Suena atrevido? Ellos suenan brutales. Pillo al cantante Hardy Morris sudado en el backstage. “Me alegro que te haya gustado”, me dice. “Voy a ducharme porque no quiero perderme ninguno de shows que vienen ahora”. Se perderá Meat Puppets, como yo, pero no adelantemos acontecimientos. Le dejo acicalarse y me topo con Wooden Schips preparando a toda prisa su puesto de merchandising antes de subirse al escenario. Aquí todo es muy DIY. Ofrecen otro set de space-rock mareante y out-prog incisivo, con la voz del barbudo Ripley Johnson soltando letanías ininteligibles desde Orión. Con ese soundtrack el cuerpo me pide marcha. O flotadores, más bien. Un tipo que vende pipas de agua (imapagble tapadera) nos suministra una suerte de Smint impregnado con gota de lisergia alada. Salen a escena Bombino, el proyecto del joven tuareg Omara Moctar, y a los primeros riffs serpenteantes que dibuja con su guitarra, el público ruge enfervorecido y yo empiezo a notar la cálida brisa del desierto abriéndome cual Moisés la mente en dos. Es entonces cuando caen en mis manos las gafas caleidoscópicas que reparte la organización por todo el recinto. Lo que me faltaba. Chiribitas visuales non-stop, los mundos de Yupi convertidos en una odisea sideral en busca del Peta-Zeta eterno. Salen Thee Oh Sees y el flequillo de John Dwyer es el mío. Me creo que estoy tocando su guitarra pegada al mentón y que tengo sus gemelos rocosos. Así que brinco con una risa imposible en el jeto y me dejo zarandear por su post-garage-punk-psych-noise-rock y todo lo que queráis. En el Primavera no iré de ácido y sé que será igual de bueno. A día de hoy, una de las mejores bandas en directo de EEUU.

Para cuando salen a escena Meat Puppets, sacrilegio, estamos todos adorando una urna dentro de la cual hay una calavera de ¿ñu? pintada de azul, rojo y amarillo. ¿Por qué? Porque así nos lo piden cuerpo y mente. Una hora de descojone a propósito de ese objeto al que bautizamos como Dios del Gatorade. No me preguntéis porqué. Volvemos al redil como corderitos hare-krishna poco antes de que The Brian Jonestown Massacre den el chupinazo de salida al último, más largo, más alucinante y alucinado concierto del festival. Voy del revés y no me quito las gafitas ni que me maten, pero corroboro (al día siguiente, claro) con compañeros que no iban tan perjudicados (uno), que el suyo fue un show brillante, vigoroso y celebratorio y que daba gusto ver a Anton Newcombe, Matt Hollywood, Joel Gion & Co. tan cohesionados, creando música en directo como quizá nunca antes. Salen a hombros y nosotros a gatas. O más bien maullando como gatos. Esta noche, más que nunca antes, he entendido la psicodelia, la he vivido en su máxima plenitud. Los astros se han alineado y el Dios del Gatorade ha iluminado mi camino. Lo que sucede en Austin, se queda en Austin… ¿Seguro?

El Dios del Gatorade

ENTREVISTA A CHRISTIAN BLAND

Uno de los principales atractivos que para servidor tuvo el Austin Psych Fest fue el ambiente distendido que se respiraba en la zona al aire libre que se abría entre las dos salas donde tenían lugar los conciertos. Una suerte de ágora neo-hippy donde público y artistas se mezclaban sin problemas, eliminando la siempre incómoda y artificiosa barrera que separa a unos y otros en pos de una camaradería más natural, más acorde con el perfil buenrollista del festi. También, como no, podía uno cruzarse con cualquiera de los cuatro directores del evento, oportunidad que aproveché para pedirle a Christian Bland, guitarrista de The Black Angels, que atendiera al cuestionario rutero. Lo hizo mostrando una total disposición, agradecido por el interés español en el (cada vez menos pequeño) festival que co-dirige.

¿Por qué es Austin la ciudad idónea para un festival de estas características y cómo valoras el haber llegado hasta esta quinta edición?
El rock psicodélico arrancó en Austin con 13th Floor Elevators, así que no se me ocurre una mejor ciudad para montar un festival de estas características.Cada año montamos el festival en un sitio nuevo, lo que es un verdadero desafío. Para esta edición estuvimos a punto de organizarlo en el campo, en una parecela cerca del aeropuerto, para que tuviera ese punto de festival al aire libre, con la gente acampada. Pero no ha podido ser. Me gusta pensar que vamos creciendo de forma controlada, solventando los problemas con que nos encontrando y aprendiendo de los errores que cometemos.

¿Cómo surgió la idea del Austin Psych Fest?
En 2005, The Black Angels empezamos a ir de gira por EEUU y Europa y fuimos encontrando un distintas bandas que nos encantaban y que pensamos que estaría genial poder reunir a unas cuantas de ellas en una especie de fiesta psicodélica. Para la primera edición juntamos a once en el local Red Barn. Lo organizamos el sábado anterior al South By Southwest, así podíamos pagarles algo de dinero a las bandas para sobrevivir durante el macro-festival. El siguiente año ampliamos a tres días, viernes, sábado y domingo, pero mantuvimos la cita el fin de semana antes del SXSW. Lo que sucedió ese año es que dos de las bandas que trajimos, A Place to Bury Strangers y Dead Meadow, se largaron de Austin antes de que arrancara el SXSW, lo que nos hizo pensar que el nuestro podía desarrollarse de forma autónoma, sin pensar en nuestro hermano mayor. Así, desde el tercer año el festival se desarrolla a finales de abril.

¿Qué significa para The Black Angels actuar aquí cada año?
Es algo mágico, como la mañana después de Navidad. Son nuestros días favoritos de todo el año, sin duda. El set-list de cuando tocamos aquí lo preparamos con un mimo especial, tratando de elegir aquellas canciones menos obvias, aquellas que pensamos encajan más con el perfil del festival y del público. Y más allá de nuestras actuaciones y del estrés mío y de Alex coordinando entre bastidores, nos gusta ver que tanto los grupos como el público disfrutan de nuestro pequeño festival. El ambiente que se respira durante estos días es muy especial, seguro que te habrás ya dado cuenta de ello.

Totalmente. Háblanos de cómo era Austin cuando formásteis el grupo.
Por aquella época había pocos grupos de nuestra onda por aquí. Es cierto que había bandas haciendo una psicodelia shoegaze, en la onda de Slowdive, pero en cuanto a guitarras de 12 cuerdas y pedales de fuzz, éramos los únicos. Bueno, estaban The Strange Boys en Dallas, jovencísimos por aquél entonces y una de mis bandas favoritas desde entonces. Giramos varias veces con ellos y nos lo pasamos en grande. Recientemente han surgido nuevos grupos en Austin que me gustan como Shapes Have Fangs, que tocaron como banda de Sky Saxon en la segunda edición del APF o Indian Jewelry, que tocan este año.

Christian Bland / The Black Angels

Supongo que salir de gira junto a Roky Erickson fue algo especial para vosotros, ¿verdad?
En 2008 nos invitaron a tocar en el mini festival Roky Ice Cream Social que tiene lugar cada año durante el SXSW. Conocimos a su mánager y le comentamos que nos encantaría poder tocar con él algun día, si fuese posible. Con aquella sugerencia plantamos la semilla. Al cabo de un tiempo, mientras estábamos de gira por la Costa Oeste, en San Francisco, recibimos una llamada preguntándonos si queríamos ser la banda de Roky. ¡Por supuesto!, contestamos. Alex y yo habíamos visto en directo a Roky hacía unos años, durante una grabación del programa televisivo Austin City Limits, y ambos pensamos que la banda que lo acompañaba era muy ligera, demasiado bluesy. Nosotros queríamos devolverle el punch de antaño y, además, animarle a recuperar los viejos temas de 13th Floor Elevators.

¿Y cómo respondió?
Él siempre toca «You’re Gonna Miss Me» y «Splash One» en directo, pero nos dijo que hacía más de 30 que no había tocado «Roller Coaster», «Reverberation» o «Don’t Fall Down» desde hacía más de 30 años. En el primer ensayo que hicimos, probamos con la versión eléctrica de Reverberation, pero al poco rato de empezarla nos paró en seco y nos dijo refunfuñando “No me acuerdo de ésta, probemos con «Night of the Vampire»”. Como vimos que iba a ser difícil, Nate y yo le invitamos a nuestra casa a tocar en acústico esos viejos clásicos. Le imprimimos las letras y los acordes, se los pusimos en un atril, y poco a poco, con paciencia y paso firme, desenpolvamos de su memoria esas grandes canciones que el tiempo había difuminado de su memoria. Para él supuso un esfuerzo físico y mental, pero se notaba que estaba disfrutando de todo el proceso. Fue un momento mágico.

¿Os contó viejas historias de sus años locos en San Francisco, a mediados de los 60?
Sí, sí. Nos contaba: “Recuerdo un concierto de The Byrds y, tal como os lo digo, es fue un show muy controvertido”. Y nosotros en plan, ¿controvertido? ¿estás seguro? ¿por qué? Y él se iba a por otra historia (risas). Como aquella vez que se dirigían  a actuar a un pueblo perdido del oeste de Texas y vieron a un lado de la carretera un cartel luminoso que ponía “The Yardbirds live tonight”. Incrédulos, pararon su furgoneta y, efectivamente, allí estaban The Yardbirds preparándolo todo para dar un concierto en ese sitio en medio de ninguna parte.

Cuéntanos cómo surgió el proyecto Christian Bland & The Revelators.
Es otra plataforma con la que dar salida a mi creatividad; siempre estoy escribiendo canciones, tocando mi guitarra y grabando en mis ratos muertos. Lo cierto es que en los confines de The Black Angels es imposible lanzar un disco al año. Funcionamos así: grabamos un disco y giramos durante un año, grabamos otros disco y giramos durante otro año. Gracias al Austin Psych Fest hemos podido crear un sello propio, The Reverberation Appreciation Society, y así puedo darle salida al material que voy grabando con los Revelators.

Y también tienes tiempo de seguir creando al frente de Bland Design, el estudio responsable de la dirección de arte de The Black Angels.
Estudie publicidad y diseño gráfico y lo cierto es que creía, como mis padres, que iba a dedicarme a eso. Me gusta trabajar en las portadas de nuestros discos mientras estamos en el estudio; me llevo el ordenador y voy recopilando ideas, apuntes, esbozos, fotografías. Me gusta que las imágenes se fundan con la música, que formen un todo.

www.austinpsychfest.com
www.theblackangels.com
www.myspace.com/thechristianbland
www.bland-design.com

Texto: Roger Estrada
Fotos: Ivan Garriga & Roger Estrada
Publicado en Ruta 66 (julio – agosto 2012)

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Un comentario el “AUSTIN PSYCH FEST. Jalapeños ácidos y sonrisas mágicas en la ciudad de Roky Erickson

  1. nacho
    27/05/2013

    felicidades chic@s, os sigo los pasos!!! ( mejor” que el primavera mas auténtico no ? felicidades! bravo!aki un artista!!8www.natxotheroad.com) si caido de nuevo por estos sonidos psiquic ills etc,…: https://soundcloud.com/nachotheroad-diaz estamos pues!! aupa, austin!

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