WORK IN PROGRESS…

Roger Estrada dixit…

JIM DIAMOND. Refundando una desolada Motor City

Jim at work (Foto: Megan Leggo)

Jim at work (Foto: Megan Leggo)

“Lo más importante es ayudar a que todo el mundo se sienta relajado y se divierta. Al fin y al cabo, estamos juntos en el estudio porque amamos la música, ¡así que vamos a pasar un buen rato haciéndola!” Jim Diamond lleva casi dos décadas pasándolo en grande junto a un sinfín de bandas entre las gruesas paredes de hormigón de sus Ghetto Recorders, en el downtown de la (otrora) Ciudad del Motor. Figura indispensable para entender el garaje-rock contemporáneo, su interminable CV le sitúa dándole al bajo en The Dirtbombs entre 1997 y 2004 –años difíciles de olvidar para los que atesoramos como oro en paño rodajas del calibre de Ultraglide in Black o Dangerous Magical Noise– y al frente de grabaciones de Bantam Rooster, Andre Williams, The Compulsive Gamblers, The Mooney Suzuki, New Bomb Turks, The Gore Gore Girls, The Hentchmen, The Clone Defects, The Sights, Rockfour, The Ponys, Miss Alex White, The Fleshtones, Left Lane Cruiser, Muck and the Mires, Paul Collins o, por supuesto, The White Stripes, con quienes colaboró estrechamente en sus dos primeros discos para acabar enzarzándose en una cruenta disputa legal que Diamond ya ha olvidado. Llamando a Detroit…

El verano pasado leí una entrevista en el Detroit Metro Times en la que afirmabas que los días de Ghetto Recorders en su ubicación actual estaban contados. ¿Cuál es la situación actual?
Después de 18 años en este edificio, me toca largarme. Esta zona de Detroit se ha puesto de moda en los últimos años y mi casero no es ajeno a la subida de los alquileres. Aunque debo admitir que lleva años intentando echarme, ¡soy el único inquilino de todo el edificio! Es una lástima porque echaré de menos el espacio, la sala tiene una acústica increíble y en ella he disfrutado de una absoluta libertad para hacer lo que me ha dado la gana a cualquier hora del día y a un volumen ensordecedor. Tendré que adaptarme al nuevo emplazamiento, solo pido que tenga una sala amplia; hoy en día proliferan los estudios pequeños, básicamente por un tema de costes, pero alguien como yo necesita espacio para jugar con el sonido.

¿Cuándo empezaste a notar la transformación del vecindario?
Todo cambió cuando inauguraron Comerica Park, el estadio de béisbol de los Tigers, en el año 2000. Proliferaron los negocios y se desencadenó la rehabilitación de edificios para acomodar a los nuevos vecinos que llegaban desde otros puntos de la ciudad atraídos por las posibilidades de un barrio con todo por hacer. Cuando yo me instalé aquí en 1996 esto estaba desierto, literalmente, ¡solo había un bar! Recuerdo un día que abrí la puerta de entrada y vi pasar ante mí uno de esos arbustos rodantes típicos de los westerns. Me quedé embobado mirándolo mientras el viento lo empujaba calle abajo… Hoy en día abro la puerta y me dan ganas de gritarle a la gente “¡Largo de aquí, dejadme en paz!”. Suena un poco cascarrabias, lo sé, pero si hubieras vivido el cambio lo entenderías.

¿Cuándo empezó tu trayectoria? ¿Qué desencadenó esta vida dedicada al rock’n’roll?
La pasión por la música se la debo a los artistas que escuché de niño y adolescente: The Beatles, Creedence Clearwater Revival, Shocking Blue, Bill Haley & The Comets, Little Richard, Chuck Berry, la escena psicodélica de San Francisco, Jefferson Airplane, The Doors, Black Flag, Minor Threat, Dead Kennedys… Luego está mi padre, que me regaló un bajo cuando cumplí trece años; sudé de lo lindo para ganármelo, me pasé un verano entero cortando el césped de casa. Y finalmente le debo mucho a mi tío y a su magnetófono de bobina abierta de los años sesenta; se lo pedí prestado para experimentar con él, grabarme con distintos micrófonos y en distintas habitaciones para ver cómo eso influía en el sonido. Apuntaba maneras…

¿Cómo recuerdas esas primerizas grabaciones, ese prueba y error constante?
En la Universidad de Michigan, a finales de los ochenta, tenía una banda llamada The Wayouts. La universidad tenía un estudio de grabación y me pasaba horas allí encerrado probando cosas para la banda o idas de olla mías con sintetizadores, música más electrónica en la onda de Stockhausen, al que había descubierto hacía poco. Después de graduarme entré a trabajar en un estudio profesional donde me tocó hacer de todo, desde anuncios de coches a grupos de rock cristiano o aspirantes a Motley Crüe. Inspoportable sí, pero un gran aprendizaje al fin y al cabo.

Con Andre Williams en los Ghetto Recorders (Foto: Archivo Jim Diamond)

Con Andre Williams en los Ghetto Recorders (Foto: Archivo Jim Diamond)

Has trabajado con infinidad de artistas, pero dudo que haya ninguno comparable al gran Andre Williams. ¿Cómo fue trabajar con él en Silky, el disco que le produjiste en 1997?
Sabía de Andre por su clásico “Bacon Fat”, por algun otro tema suyo de los cincuenta y, claro está, por su fama de ser todo un personaje. Nos conocimos el primer día que vino al estudio acompañado de Mick Collins y Dan Kroha de The Gories, los responsables de que el viejo y lascivo Williams volviera a grabar. Decidimos que lo haríamos en directo y para templar sus nervios y ponerse a tono Andre me gritó “¡Jim, quiero una botella de ron Bacardí! El ron me gusta blanco, como mis mujeres”. Único. Volvimos a coincidir en diciembre de 2011 –para la grabación de Hoods & Shades, su reencuentro con Dennis Coffey, guitarrista de varias sesiones suyas para el sello Fortune a finales de los cincuenta, n.d.r– y seguía en plena forma, increíble para un tipo de 75 años, vividos como los había vivido él. Siempre me arrepiento de no haber grabado alguna de las incontables y delirantes historias con las que amenizaba las sesiones.

¿Por qué no nos cuentas alguna anécdota de la grabación de Red Dirt, el disco que hizo junto a The Sadies?
El 1 de enero de 1999, el día que arrancaban las sesiones, una enorme nevada dejó atrapado a Andre, que venía desde Chicago. Los Sadies estaban allí, pero él no. Pasó un día y paso otro, y solo teníamos cuatro para hacer el disco. Decidimos empezar sin él, ellos tenían las canciones y juntos íbamos sacándolas sobre la marcha. Lo acabamos y Andre seguía en Saint Louis. Finalmente llegó, pidió marihuana y ron blanco y empezó a garabatear las letras en unas hojas de papel arrugadas mientras escuchaba las canciones que habíamos grabado. Tendrías que haber presenciado el encuentro los hermanos Good y Andre, conmigo ejerciendo de intérprete y descifrando su acento sureño para que los Sadies, de Canadá, entendieran qué diablos farfullaba.

The Dirtbombs (Foto: Archivo Ben Blackwell)

The Dirtbombs (Foto: Archivo Ben Blackwell)

Seguro que yendo de gira por medio mundo con The Dirtbombs también viviste alguna situación digna de recordar.
Norte de España, País Vasco, no recuerdo la ciudad. Prueba de sonido, cena, “ok, ¿cuándo tocamos?” El promotor nos va dando largas, “tranquilos, esperemos un poco”. Al final salimos a las 4h30 de la mañana y no regresamos al hotel hasta casi las 9h00. Sé que allí es habitual alargar la noche, ¡pero no estábamos preparados para alargarla tanto!

De todos los artistas, todos los grupos con los que has trabajado. ¿cuál crees que merecería un mayor reconocimiento?
Hoy me quedo con Troy Gregory y su banda The Witches. Le conocí a mediados de los 90 a través de Simon Bonney, de Crime & The City Solution, que por aquel entonces se había mudado a Detroit y con el que Troy trabajaba en un estudio. Congeniamos al instante, nos hicimos muy buenos amigos. Recuerdo el día que me dejó escuchar por primera vez algo de The Witches; fue un flechazo, había algo especial en esa sugerente mezcla de los Monkees con Aleister Crowley, psicodelia con un toque pop, pero también un punto de oscuridad. Universal Mall, el disco que grabamos en el año 2000, puede que sea uno de mis favoritos.

The White Stripes, Soledad Brothers, The Go, The Come Ons, The Sights… ¿Qué queda de aquel boom acaecido en la ciudad con el cambio de siglo?
Prácticamente nada, lo cierto es que todo empezó a decaer hacia 2005, 2006. De vez en cuando surge un grupo interesante, pero la escena local dista mucho de aquella que explotó de forma tan excitante a finales de los 90. Hay quien dice que la ciudad ha cambiado y eso se nota en el carácter de las bandas, pero yo pienso que quizá es que a los chavales de hoy les interesa otro tipo de música, tienen otros referentes. Por suerte, como te decía, hay excepciones, como The Pretty Ghouls, un trío formado por un chico y dos chicas de poco más de veinte años que adoran a The Gories y The Mummies; o Blair Alise & The Bombshells, a los que produje su debut el año pasado y cuya líder justo acaba de cumplir dieciocho. Pégales una escucha, te gustarán, hacen rockandroll con toques sixties garajeros.

Jim Diamond, Mark Arm (Mudhoney), Krist Novoselic (ex Nirvana) y Dave Dederer (The Presidents of the United States of America) junto a The Sonics.

Jim Diamond, Mark Arm (Mudhoney), Krist Novoselic (ex Nirvana) y Dave Dederer (The Presidents of the United States of America) junto a The Sonics.

En uno de los capítulos de la serie Foo Fighters: Sonic Higways Steve Albini comenta que él solo quiere ser remunerado por su trabajo durante las semanas de grabación del disco, no quiere saber nada de los royalties futuros que se deriven de él. ¿Dónde empieza y termina tu labor como productor y qué parte de la autoría de un disco es atribuíble a ella?
Depende de cada disco, cada proyecto define un tipo de relación entre yo y la banda. Por ejemplo, Blair Alise se pasó por el estudio hace poco y estuvimos escribiendo algunas canciones juntos. Hay gente que te pide más implicación que otra, que quiere escuchar tus ideas, tus aportaciones; pero también hay grupos que vienen con las ideas muy claras y solo esperan de ti que captes lo mejor posible lo que traen al estudio, lo que acontece en la sala. Con The Pretty Ghouls grabamos 10 temas en directo en una sola tarde. Hola y adiós. Con Dan & The Darleans, otro proyecto de Dan Kroha, fue bastante parecido; si la banda quiere una grabación rápida, no hay tiempo para divagaciones. Pero por descontado yo disfruto más cuando puedo aportar, cuando hay un intercambio, un diálogo musical con el grupo; ahí es donde aparece la verdadera figura del productor.

Hablemos de This is the Sonics, el espectacular regreso del mito de Seattle tras cincuenta años de silencio. ¿Cómo empezó todo?
Bryan Swirsky, su mánager, me llamó desde Nueva York. Nos conocimos hace años en un concierto de The Dirtbombs y nunca volví a saber de él hasta que un día sonó mi teléfono, descolgué y al otro lado una voz dijo “Hola, soy Bryan Swirsky, nos conocimos en 2002, ¿qué te parecería producir el nuevo disco de The Sonics?” Puedes imaginarte mi estupefacción, pero respondí que sí, claro. Pero después de esa llamada pasaron las semanas y los meses y cuando ya pensé que se había olvidado de mí, volvió a llamar “Hey, ¿cómo estás? ¿Quieres hacerlo? ¿Estás listo?”. Casi me da algo. Finalmente viajé a Seattle en septiembre de 2013, justo para presenciar los ensayos. De entrada les dije que no mi intención no era ni emular el sonido de un disco de 1965 ni hacer uno de esos álbumes de regreso odiosamente pulidos; los Sonics son algo muy importante para mí también, me sé sus grabaciones de memoria, las he estudiado, por eso quería hacer algo auténtico y honesto, por eso les dije que juntos debíamos recuperar el espíritu que subyace en aquellas canciones enormes que grabaron hace cincuenta años.

Al principio costó un poco, básicamente porque no tenían ni idea de quien era ese mocoso que tenían enfrente suyo diciéndoles qué tenían que hacer. (risas) Con Larry (Parypa) jugamos bastante al gato y al ratón; cada cierto tiempo intentaba colarme un efecto de guitarra con una pedalera moderna de la que se sentía muy orgulloso, pero yo lo detectaba y le gritaba “¡No!” o intentaba convencerme, infructuosamente, para hacer overdubs de alguna de sus partes. Gerry (Roslie) se me acercó un día con ideas de armonías vocales, pero le dije “Gerry, solo quiero que grites como tú sabes” (risas) Fueron seis días muy divertidos, la verdad. Luego me traje el disco a Detroit y estuve trabajando en las mezclas bastante tiempo, porque quería que sonara perfecto, como creía que debía sonar. Por ahora los que lo han escuchado me han dicho que suena a The Sonics; ese es el mejor cumplido porque ese era mi objetivo.

Texto: Roger Estrada
Publicado en Ruta 66 (mayo 2015)

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Esta entrada fue publicada en 23/06/2015 por en Ruta 66 y etiquetada con , , , , , , , , , .
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