SHAME. Nuevas costumbres para clásicos rituales

Fue en mayo de 2018 pero recordado hoy parece que sucediera hace una eternidad, en una realidad tan lejana y añorada que diríase que fue un sueño. Pero no lo fue porque mis oídos atesoran vívidamente el estruendo, mi piel se eriza al evocar el sudor y mi corazón se acelera con las imágenes que cortocircuitan a fogonazos la corteza prefrontal de mi cerebro, allí donde se atrincheran los recuerdos a largo plazo. Ocurrió en la pequeña sala Sidecar –histórico bastión de la música en directo en Barcelona y uno de los muchos negocios relacionados con la cultura afectados por la maldita pandemia— y tuvo como protagonistas al cuarteto australiano RVG, cuyo Feral fue elegido como décimo mejor disco de 2020 aquí, y al quinteto londinense Shame, que esa noche presentaban Songs of Praise, un debut conciso, iracundo y armado con un ramillete de singles-granada que estallaban con la exasperación de la post-adolescencia, el viciado aliento del underground londinense y ese irresistible sarcasmo tan distinguidamente brit. Casi tres años después, su fervorosa y fulgurante actuación –45 minutos de taquicardia y garganta al 11— sigue funcionando como perfecto ejemplo de todo lo que un concierto de rock debería ser, de todo lo que queremos que vuelva a ser.

Después de una pantagruélica gira que les llevó por medio mundo, a finales de 2019 Charlie Steen (voz), Sean Coyle-Smith (guitarra), Eddie Green (guitarra), Charlie Forbes (batería) y Josh Finerty (bajo) regresaron al ensordecedor silencio de sus hogares, a una cotidianidad lejos de los escenarios que les era ajena desde mediados de 2016, cuando empezaron a recorrer Reino Unido, con apenas 17 años, propulsados por la voracidad de los cachorros que saben que no quieren hacer otra cosa que crear, gritar, saltar y absorber experiencias. La carretera ha sido su universidad y ellos mismos han sido sus maestros, perfeccionando sobre las tablas las primerizas lecciones aprendidas en grabaciones ajenas.

Drunk Tank Pink (Dead Oceans – Popstock!) es todo lo que un segundo álbum debería ser, la epatante confirmación del talento de cinco bloodbrothers que han trascendido los parámetros del encabritado post-punk de su debut para explayarse más libremente aquí, sin por ello quitar el foco de la importancia de perpetrar canciones memorables. Han reunido otro buen puñado de ellas, desasosegantes estampas vitales en las que brilla el acerado estilete lírico de Charlie Steen, un líder como los de antaño, enajenado bajo los focos y de verbo articulado ante el micrófono o en la pantalla del ordenador donde comparte protagonismo con el siempre jovial Josh Finnerty en esta entrevista realizada vía Zoom. Nuevas costumbres para clásicos rituales. 

Después de un año tan extraño y caótico no está mal entrar en 2021 con un disco del que sentiros tan orgullosos como éste. ¿Qué os pasa por la cabeza cuando echáis la vista atrás y repasáis lo vivido en 2020?
Charlie: No que creo sea bueno vivir mirando en retrospectiva, pensando cómo hubiera sido todo sin la pandemia. No negaré que eso a veces se ha colado en mi cabeza, pero sin duda la palabra clave ahora para todos nosotros, y diría que para todas las bandas, es adaptación. Hay que mirar hacia delante, aunque tal como están las cosas afrontar la realidad semana a semana ya es bastante desafío. Sí, es una tragedia no poder dar conciertos como hemos hecho desde que montamos la banda, pero prefiero centrarme en las cosas que sí podemos hacer, como los estupendos videoclips con los que hemos ido presentando el disco.

Josh: Si lo piensas, todo el mundo ha perdido un año, así que no podemos comernos la cabeza pensando que algo hicimos mal. Grabamos el disco en enero de 2020, cuando las noticias sobre el coronavirus eran como un rumor lejano, distante; ¡la que se nos venía encima! Pero a pesar de todo, creo que hemos aprovechado bien este tiempo de confinamiento y restricciones para revalorizar perspectivas, aprender a estar cada uno a solas consigo mismo y a trabajar en nosotros y en el grupo de otra manera. 

Durante los periodos de confinamiento más severo, ¿cómo ocupasteis el tiempo en casa? Sé que a ti Charlie te gusta pintar…
J: Yo me pasaba el día jugando a videojuegos [Risas].

¿Y escuchar música? Quizá aprovechar para rastrear novedades o bucear en el pasado. 
C: Realmente durante el confinamiento no escuché música de una forma muy activa; me pasaba el día pintando o leyendo y dejaba que Spotify se encargara de ello a través de esas listas que tienen llamadas “Descubrimiento semanal” y que confeccionan con novedades similares a lo que has ido escuchando. 

J: Yo escucho música cuando viajo, ya sea en el metro de Londres o en la furgoneta o en un avión cuando vamos de gira; nos pasamos tantas horas viajando que tengo mucho tiempo para perderme en un montón de discos. Durante el confinamiento, como te decía, estuve jugando a videojuegos antiguos casi hasta enloquecer, pero también escribiendo y componiendo de forma bastante obsesiva. Creo que como mi vida gira alrededor de la música, cuando tengo tiempo en casa para mí no me entran ganas de ponerme un disco. Es más, cuando mi estado anímico parece el ideal para ello lo que hago es sentarme a escribir, me fuerzo a crear algo a partir de ese ánimo. 

Drunk Tank Pink es el sonido de cinco chicos, cinco amigos entrando en la veintena y regresando al hogar después de dos extenuantes años girando por el mundo con su primer puñado de canciones. ¿Cómo ha sido el proceso destilación de todas esas experiencias y de qué manera vuestra dinámica como banda se ha visto afectada por todo ello?
C: Hablaría de progresión, de maduración y de experiencia. Para todos fue muy extraño volver a casa y hacer un parón después de toda esa incesante actividad, de esos dos años compartiéndolo absolutamente todo. Como banda, pero también como amigos, nos fue muy bien disponer de algo de tiempo libre antes de entrar a grabar. El último concierto de la gira fue en diciembre en París, así que tuvimos como mes y medio para desconectar del grupo y reconectar con nosotros mismos.

J: Songs of Praise reunía canciones escritas en un periodo de tres años, aproximadamente. Editamos el disco y luego nos pasamos casi otros tres tocando sin parar, así que en cierta manera Drunk Tank Pink se ha ido cocinando alrededor del mundo, absorbiendo todo lo que vivíamos como un aprendizaje brutal; también encima del escenario, interactuando los cinco y descubriendo siempre algo nuevo. Como comenta Charlie, el parón nos fue bien a todos para regresar luego al estudio y canalizar todo lo vivido. 

C: Personalmente, quizá el mayor aprendizaje que hice al regresar fue darme cuenta de que uno quiere mantener la rutina de la vida en la carretera, un patrón que te lleva a buscar cada noche algún motivo para celebrar, así que bajas al pub o invitas a los colegas a casa. Ya sabes, mantener ese impulso, esa energía que te envuelve cuando estás de gira y que te ayuda a sobrellevar el agotamiento físico y mental. Así que recuerdo perfectamente la primera noche que me quedé solo en casa viendo una película; fue un punto de inflexión a partir del cual pude empezar a recuperarme y a escribir.

En la nota de prensa de Drunk Tank Pink se comenta que hay momentos en los que no parece que esta sea la misma banda que grabó Songs of Praise. Quizá más que una ruptura podríamos hablar de un gran salto adelante, pero sin perder aquellas señas de identidad, ¿no creéis? 
J: Diría que ha habido una progresión natural teniendo en cuenta lo que comentábamos ahora. Nuestra mentalidad siempre ha sido la de no estancarnos en un determinado tipo de canción, algo que creo que se reflejaba en nuestro debut y en el nuevo se evidencia mucho más. Cinco años separan por ejemplo «One Rizzla», que escribimos cuando teníamos 16, de un tema nuevo como «Snow Day»; las escuchas y notas una evolución, pero no te parece tan extraño que ambas surjan de la misma banda.

Lo que diría que sí ha cambiado es cómo hemos ido dando forma a las nuevas canciones: muchas las fuimos creando en mi dormitorio, a partir de una melodía de guitarra o un ritmo de batería íbamos construyendo y añadiendo detalles con el ordenador. Le dedicamos mucho más tiempo que al primer disco, que fue más a bocajarro: nos juntamos en el local de ensayo y fue como una explosión de creatividad, liberando las canciones que llevábamos tiempo acumulando. 

Supongo que ese trabajo de preparación previa os ayudó cuando viajasteis a Francia y tuvisteis tan solo cuatro días para grabar en La Frette Studios, a las afueras de París. 
C: Estábamos en Chicago para dar un concierto en fin de año y nos llamaron para decirnos que había un hueco en la agenda del estudio en el que podían colarnos pero que solo disponíamos de cuatro días. Por suerte, habíamos estado todo el mes de diciembre con la preparación que comentaba antes Josh y tampoco estábamos hechos polvo por haber estado de gira. Así que, aunque fuimos con el tiempo justo, teníamos el disco muy claro en nuestras cabezas y fuimos a por ello.

J: El primero lo hicimos en los estudios Rockfield, en Gales, un lugar mítico donde han grabado Black Sabbath, Motörhead, Iggy Pop, Robert Plant de Led Zeppelin, Queen… Cuando entramos por primera vez nos dijeron “este es el piano en el que se escribió «Bohemian Rhapsody»” y fue como “¡joder, vamos a grabar aquí!”. Junto a los estudios hay una granja con animales y el entorno es idílico, me encantaba salir fuera a tomar el té o a dar paseos. En La Frette el ambiente es distinto; es una mansión del siglo XIX que invita más a quedarse hasta entrada la noche tomando copas de vino.

Mencionabais antes «Snow Day». Quizá sea el tema más ambicioso que habéis hecho hasta la fecha o en el que se hace más evidente y se muestra más vastamente vuestro impulso exploratorio. Me interesa saber cómo fue su creación.
J: Es sin duda una canción especial, tiene como seis secciones distintas en su estructura. Creo que uno de esos momentos en los que te sorprendes a ti mismo de lo que has hecho, en plan “¡Vaya! Esto no está nada mal”. [Risas] Empezamos a trabajar las canciones de Drunk Tank Pink en Escocia y teníamos como tres secciones distintas que nos gustaban y con las que empezamos a jugar, en plan “¿y si juntamos el ritmo de esta en la melodía de esta otra y luego cogemos este motivo y lo metemos en esta sección?”.

Después tomamos esas tres secciones, las grabamos en nuestro estudio casero y empezamos a ver qué cómo unirlas: “OK, aquí necesitamos un puente”, Sean diciendo “tengo estos acordes que entrarían bien en este momento” y luego improvisamos con todo ello y vimos que molaría ralentizar la batería para suspender el crescendo unos instantes… No sé, fue un proceso especial y meticuloso pero en el que también jugó un papel importante la suerte: fuimos afortunados al dar con esas tres secciones y que nos permitieran jugar bien con ellas. 

El Reino Unido está en pleno proceso de salida de la Unión Europea, algo sobre lo que sois abiertamente críticos en vuestras redes sociales. En 2017 editasteis «Visa Vulture», una oda satírica a Theresa May, relegida Primera Ministra en las elecciones que hubo tan solo dos días después de lanzar el single. ¿Cuán importante es para Shame expresar vuestras inquietudes políticas o sociales?
C: En el Reino Unido la música y la política siempre han estado estrechamente unidas, si repasas la historia de la música británica de los últimos 60 años encontrarás multitud de ejemplos cada década de artistas y bandas que han expresado sus ideas políticas y sociales a través de sus canciones. Es algo inherente a la música hecha aquí porque como sociedad hablar de esos temas es algo cotidiano, importante. Dicho esto, nuestras canciones no tienen un marcado carácter político-social más allá de reflejar el estado de ánimo, la desesperación de cinco chavales del sur de Londres. Y en este sentido Drunk Tank Pink es un álbum mucho más personal e introspectivo.

Sí que es cierto que expresamos nuestras opiniones siempre que nos lo preguntan y a Charlie [Forbes, batería; N.d.R] le gusta usar nuestro Twitter para decir lo que opina sobre los fanáticos que nos gobiernan, lo cual nos parece bien, aunque personalmente yo estoy un poco saturado. Ha llegado un punto en el que no sé si es contraproducente, no a nivel de la banda sino a nivel general como sociedad, estar permanentemente sumidos en este ruido de noticias, discursos, opiniones, insultos… Estoy en un momento en el que he decidido tomar distancia de todo ello, la verdad.  

Si las cosas no empeoran, algo imprevisible con esta pandemia, en febrero daréis una serie de conciertos en el Reino Unido bajo el nombre de Socially Distanced Tour. ¿Cómo sienta poder volver a subirse a un escenario?
C: Jodidamente bien. Quizá al principio se nos haga extraño tocar en esas condiciones, con el público manteniendo la distancia, pero después de tanto tiempo y siendo conscientes de que esta es la realidad ahora mismo, no tardaremos en adaptarnos. Es lo que te decía al principio: vayamos día a día, situación a situación.

En esta gira no solo hemos elegido pequeños clubs, locales que lo están pasando fatal con esta situación, sino que también iremos a ciudades donde no hemos tocado antes. Ya dimos un concierto con distancia social en The Windmill, en Brixton, para ayudar a recaudar fondos para la campaña #SaveOurStages organizada por Music Venue Trust. Fue raro no poder bajar del escenario a mezclarme con el público como me gusta hacer y después del concierto notabas que la gente dudaba si acercarse a hablar con nosotros; era muy precavida y respetuosa dadas las circunstancias. 

J: Es extraño pero yo me lo tomo como uno de esos conciertos en los que la sala no se llena como esperas y hay poca gente; en esos casos siento que tengo que esforzarme el doble para que el público entre en calor, para favorecer su conexión con nosotros. Es un reto divertido, la verdad. 

Texto: Roger Estrada
Publicado en Ruta 66 (febrero 2021) – podéis leer la reseña de Drunk Tank Pink a continuación…

SHAME
Drunk Tank Pink
Dead Oceans – Everlasting Records 

Necesito una nueva solución / Necesito una nueva resolución y ni tan siquiera ha terminado el año” canta, más bien recita, Charlie Steen en «Station Wagon», el géiser emanando al ralentí durante siete minutos que cierra el segundo disco de la banda londinense Shame. “Nadie dijo que esto iba a ser fácil / Y contigo como testigo voy a intentarlo y a alcanzar lo inalcanzable…” Y aquí estamos, enero de 2021. ¿Cómo vamos de resoluciones para este año que empieza? ¿Cómo estás, querido lector? Sí, da vértigo mirar atrás, pero más todavía mirar hacia dentro. Eso siempre ha sido así, ¿no crees?

Cuando Steen tensiona sus cuerdas para gritar que “He estado esperando afuera toda mi vida / Y ahora que estoy en la puerta no hay nadie dentro / ¿Cuándo vas a regresar? / ¿Cuándo regresarás a casa?” –«Born in Luton»–, nos estamos asomando con él a un abismo que puede horadar nuestro calendario en cualquier momento. Porque no hay mascarillas que nos protejan del vacío existencial, quizá incluso magnifiquen ese desamparo vital que se explora con ahínco en Drunk Tank Pink

Shame tuitearon “Album 2, c’est fini” el 26 de enero de 2020. Y aquí estamos, ¡por fin! No deja de tener su guasa que la anterior pieza musical editada por Steen, Sean Coyle Smith (guitarra), Eddie Green (guitarra), Josh Finerty (bajo) y Charlie Forbes (batería) fuese la descacharrante versión, con autotune incluido, del «Feliz Navidad» de José Feliciano que lanzaron en octubre de 2018; beodo agradecimiento —al videoclip me remito— por todo lo vivido ese año a raíz del lanzamiento de Songs of Praise, uno de los debuts más prometedores y estimulantes surgidos de una escena rock británica que vive una época de efervescencia como no se recuerda desde hace años.

En esa urgente y exuberante tarjeta de presentación, Shame desenjaularon toda la desesperación, el hastío y la rabia acumulados desde que en 2016 empezaran a balbucear esos sentimientos en The Queen’s Head, el infame pub / local de ensayo / hogar de inadaptados de Brixton que durante años sirvió de cuartel general para la troupe de Fat White Family. Un inmejorable caldo de cultivo para que aquellos chavales de entre 16 y 18 años moldearan sus primeras composiciones con las uñas crepitando, los colmillos al rojo vivo y una mirada sardónica sobre el detritus de la vida moderna. Totally wired, que diría Mark E. Smith.

Songs of Praise les catapultó a una gira por el mundo durante 18 meses y, como más dura es siempre la caída, el posterior reencuentro con el silencio de sus pisos londinenses supuso un bofetón de realismo para los cinco. Drunk Tank Pink alude en su título a la medida adoptada en algunos países de pintar de rosa las celdas de sus cárceles por el efecto relajante que dicho color ejerce en los reclusos más agresivos. Steen hizo lo propio con las paredes de su dormitorio, abrió el abismo de par en par y empezó a escribir.

“En mi habitación / En mi útero / Es el único lugar donde encuentro paz / A solas / En mi hogar / Pero sigo sin poder dormir”, se lamenta en «March Day» con las pupilas desbocadas a lo John Lydon. “Represento todo lo que odio / Aunque soy la persona que siempre soñé que podría ser”, esputa en «6/1», apocalíptico post-punk que, en «Harsh Degrees», retruena como un haiku –“Quieres aprender / Quiero enseñar / Un asilo y una botella de lejía” – que hierve como recitado por John Cooper Clarke con Protomartyr cubriéndole las espaldas. Pero no todo es gravedad: el disfrute juguetón con que dinamitan el rompecabezas melódico de «Nigel Hitter» o del irresistible single «Water in the Well» parece guiñarle el ojo a Talking Heads o Parquet Courts. Y luego está «Snow Days», fresco de cinco minutos que condensa el carrusel de emociones de 2020 –o 1982 o 2047–, un emocionante chute de verdad para abrigarnos ante tanto placebo musical. Así se empieza un año.

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