BIZNAGA. Espejos oscuros que usurpan lo que reflejan

Con una vaga sensación de perplejidad,
la cara en el vidrio, la pantalla partida.
Hay ventanas que emergen, burbujas,
espejos oscuros que usurpan lo que reflejan…

2020: nuevo año, viejas costumbres. Todos con la nariz pegada al móvil, sumidos en un scrolling sin fin: nuevo gobierno, viejos misiles, nuevos incendios, viejos profetas. Y vídeos, vídeos, vídeos seguidos / de signos, signos dando sentido / a un bucle infinito: / maquillar la terrible agonía con filtros. El pasado 2 de enero Biznaga compartían en su Facebook el videoclip de «2k20» y, paradójicamente y a pesar de semejante hostia de realidad a mano abierta, fuimos incapaces de apartar la nariz de la maldita pantalla. Y le dimos a repetir, claro. “¡Feliz 2k20!”, rezaba el texto que lo acompañaba: “Saca el espejo del bolsillo. Produce la ficción. Habítala. Compártela. Hazla REALIDAD.” Fuimos obedientes, le dimos al botón de “compartir”. Y luego sintetizamos con muchos emojis nuestra excitación por acabar de recibir del otro lado del cristal la primera muestra del esperadísimo nuevo álbum del cuarteto madrileño. Esta fue la realidad, nadie pudo escapar a semejante ficción.

Gran Pantalla: tercer disco, viejas y nuevas costumbres. Álvaro García (voz y guitarra), Jorge Navarro (bajo y coros; autor de las letras y mi interlocutor en la entrevista), Pablo Garnelo (guitarra y coros) y Jorge ´Milky´ Ballarín (batería) persisten en su compromiso con la música entendida como acicate para la reflexión: cada verso es un chasquido brutal que busca despertarnos de nuestra alienación, cada estrofa otro preciso zarpazo en nuestra abulia cotidiana. Aunque esta imperiosa voluntad por ser cronistas de las zonas oscuras de la sociedad del malestar espolea su cancionero desde aquella primeriza demo de 2012, para el nuevo disco han optado por focalizar sus dardos en la Gran Pantalla y sus metástasis móviles, síntomas de un presente nada distópico sino aterradoramente real.

Grabado en estrecha complicidad creativa con Raúl Pérez en sus estudios sevillanos La Mina y editado nuevamente por Slovenly Recordings, Gran Pantalla se vuelve a beneficiar del esmerado trabajo en las mezclas de Tim Warren, capo de Crypt Records. Tiene el sonido ya identificable de Biznaga, sí, esas melodías que te electrizan y te elevan para zarandearte suspendido en el abismo, pero destaca ahora un mayor equilibrio entre las mordidas a la yugular de su punk más crudo y los hits barnizados con una pátina de pop atmosférico y no por ello menos incisivo. Biznaga han hecho un disco grande, enorme: importante para ellos, necesario para todos nosotros.

Bienvenido a Gran Pantalla. Todo el contenido ha sido filtrado exclusivamente para ti; así que relájate y disfruta…

Han transcurrido dos años desde Sentido del espectáculo. ¿De qué manera lo aprendido durante su grabación y la posterior gira os ayudó a la hora de encarar Gran Pantalla?
Sin duda ha influido desde un punto de vista técnico porque nos ha permitido a los cuatro conocernos mejor musicalmente, llegar a un nivel más alto de entendimiento. Gracias a la experiencia de Centro Dramático Nacional y Sentido del Espectáculo hemos aprendido, a base de pruebas y errores en el estudio y especialmente en la fase de mezclas, cuáles son las claves del sonido que mejor les funciona a nuestras canciones. Por otra parte, también nos hemos curtido el lomo a base de hacer kilómetros y de tocar en todo tipo de plazas, sumando experiencias y horas compartiendo ideas; esbozos de melodías y de letras que iban construyendo el disco de una manera teórica. Gran Pantalla es, pues, la suma de todo ello.

El disco anterior lo grabasteis con Kaki Arkarazo en sus estudios Gárate de Andoain, para el nuevo habéis trabajado con Raúl Pérez en Sevilla. Lejos de Madrid ambos, en esta ocasión más cerca de Málaga, de donde sois Álvaro y tú. ¿Todo disco es permeable a su entorno?
No creo que en este caso haya habido una influencia específica del Sur, pero sí que ha sido clave en ambos trabajos el estar recluidos en un espacio donde dormíamos, comíamos y grabábamos; hemos estado focalizados solo en el disco que teníamos entre manos, sin ninguna distracción. El resultado hubiera sido muy distinto de haber grabado en Madrid porque todo el mundo acabaría, sin quererlo, descuidando el disco por la influencia de su vida diaria.

Hubo un consenso generalizado en alabar el salto adelante que supuso Sentido del Espectáculo y también en afirmar que «Mediocridad y confort», «Una ciudad cualquiera» y «Nigredo» formaban una tríada de canciones de arranque que parecía imbatible. ¿Cuántas vueltas le habéis dado al inicio de Gran Pantalla?
Creo que es tan importante el arranque como el final de un disco y mucho más en el nuevo que hemos concebido como una narración continuada, como si fuera una película. Soy quien se encarga del orden de las canciones, delegan esa tarea en mí y, aunque me rayo bastante y descarto varias secuencias hasta dar con la final, siempre he tenido claro muy rápidamente, en los tres discos, qué temas funcionaban como inicio. En Centro Dramático Nacional, «Divino fracaso» es un prólogo claro de un minuto; Sentido del espectáculo, sin embargo, se abre con la que para mí es la canción más importante del disco, «Mediocridad y confort»: más larga, casi cuatro minutos, con un trabajo de composición más arduo y una letra muy exigente. En el nuevo, la intro atmosférica de «Ventanas emergentes» anuncia el inicio de algo, como diciéndonos “vayan tomando asiento que empieza la función”; entonces soltamos el primer capítulo, esa suerte de manifiesto que es «2K20» donde se resumen los temas que se van a ir tratando a lo largo del disco.

Para la portada de Sentido del espectáculo os colasteis, mediante collage con la Gran Vía de fondo, en la pintura El Museo Spitzner, de Paul Delvaux. ¿Debo interpretar que sois ahora la mosca estampada en el cristal? Y, por cierto, ¿el pantallazo de la portada acontece nuevamente en Madrid?
Esa foto tiene más de seis años y se tomó con un móvil en el piso de una amiga en el Barrio de las Letras. Barajamos varias opciones de portada hasta que un día me acordé de esa imagen y nos pareció que era la opción perfecta. Pero había que encontrarla, claro. Empezamos la búsqueda, en discos duros y ordenadores; hasta le escribimos a la chica, con la que hacía años que no hablábamos, por si la tenía. Al final, Álvaro se acordó de que la había publicado en una cuenta personal de Instagram antigua, que ya no usaba; hicimos una captura de pantalla y con una amiga que es diseñadora pudimos sacarle la máxima calidad posible y le hicimos un pequeño retoque añadiéndole un poco de grano para hacerla parecer más analógica, más película, con ese halo brumoso.

No deja de ser irónica esta odisea para la portada de un álbum que desmenuza nuestra relación con la tecnología y el influjo que sobre nosotros ejercen las redes sociales. Aunque es un tema que ya habíais tratado con anterioridad, ¿qué os ha empujado a articular todo el nuevo disco alrededor de esa gran pantalla y sus ramificaciones cotidianas?
Creo que ese es el gran tema actual, el canal a través del cual se articulan el resto de temas; el amor, la muerte, las experiencias vitales positivas y negativas, la percepción que tenemos del mundo, de nosotros mismos y de la gente que nos rodea: todo está mediado por la pantalla. Hablar de la pantalla es hablar de un cómo, un dónde, un por qué somos como somos hoy en día y es hablar de un canal que filtra todos esos temas, los amplía y los desvirtúa de tal manera que se adueña de ellos para transformar el concepto de realidad tal y como lo conocíamos.

Es muy estimulante que un grupo joven ponga énfasis en hablar de estos temas usando las herramientas clásicas del rock agitador de conciencias; es la demostración de que la carcasa estilística no es caduca si el mensaje que envuelve es poderoso y capaz de interpelar a nuevas generaciones.
A nosotros nos ha tocado vivir esta época y no podemos ser ajenos a ella, no somos un grupo que busque la evasión, sino que queremos provocar la reflexión. La pantalla como elemento metafórico, el vivir a un lado y al otro de esa lámina mediadora que es la pantalla es, como decía, el gran tema de nuestro presente y actualmente, al menos bajo mi punto de vista, es una realidad mucho más presente en canciones adscritas a estilos de música urbana y no tanto a bandas de pop o rock. A pesar de ello, creo que esos artistas urbanos hablan más del hardware, de la carcasa, de los gadgets y la tecnología; en las letras de Gran Pantalla he querido ir al interior de todo ello para analizar el software, el alma, la memoria sentimental de cada dispositivo y todo lo que sobre nosotros almacena.

Tus letras invitan a establecer conexiones con otros autores que han abordado esas mismas cuestiones. Por ejemplo, al escuchar a Álvaro gritar “¡Dios! La pantalla es dios, y yo su apóstol”, en «2K20», me he acordado de eso que escribió Rafael Sánchez Ferlosio en Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado: “Siguen siendo los viejos dioses carroñeros, vestidos de paisano, con los nombres de Historia o de Revolución, de Progreso o de Futuro, de Desarrollo o de Tecnología”. Hoy en día ejercitamos nuestro sacrificio cotidiano como ofrenda al dios de la pequeña pantalla.
Totalmente. Ojalá todo el mundo tenga las ganas de acercarse así al disco, de sacarle punta de esta manera. Esta conexión que planteas me sirve para ampliar lo que te comentaba anteriormente de que la pantalla es la gran canalizadora del resto de temas actuales; en realidad, si lo piensas, este es un tema clásico, no deja de ser la caverna de Platón. Nosotros estamos en un nivel de realidad y a través de la incidencia de la luz o del fuego se proyectan unas imágenes en la pantalla o unas sombras en la pared que creemos que son el mundo, pero sin embargo son una deformación, una proyección del mundo real. Conocemos el mundo a través de esas proyecciones y el hecho de cuestionarnos sobre ellas, sobre qué es real y qué imaginado, es una preocupación clásica en el hombre, presente también por ejemplo en La vida es sueño.

En este sentido, la identidad que proyectamos a través de la pantalla es uno de los grandes temas de debate cuando se analiza el impacto de las redes sociales; en «Libertad obligada», por ejemplo, hacéis un demoledor, afilado retrato de la figura del influencer. Es inevitable preguntarte por vuestra relación con las redes sociales, por la construcción de vuestra propia identidad digital.
A nivel personal no tengo perfil en ninguna red social, pero con Álvaro llevamos el Facebook y el Instagram del grupo; aunque no quiera estoy conectado, me entero de todo y, sí, contribuyo a incrementar nuestro rastro digital. Pero ya que lo hacemos, al menos intentamos hacerlo con humor, sería un error fingir ser quienes no somos, tomárnoslo muy en serio o usar el lenguaje que se supone que hay que usar en ese entorno para llegarle a la gente. No vamos a escribir textos afectados o saturados de emojis; ya que esto es un gran absurdo, saquémosle punta, ¿no?

Vamos con otra canción, otra conexión. En «No-Lugar» lleváis un paso más allá el término acuñado por el antropólogo Marc Augé, quien identificaba como tales aquellos lugares de tránsito o de flujo. En la letra serían la M-30, la T4 o el Primark, pero también la omnipresente pantalla, y en última instancia, la propia vida, muerte incluida. ¿Nihilismo o una manera de sobrellevar la ansiedad?
Es triste, pero soy bastante pesimista en ese sentido. Nos pasamos la vida no ya currando sino yendo a currar o desplazándonos constantemente de un lugar donde no queremos estar a otro en el que tampoco queremos estar. Es deprimente si lo pensamos, pero nuestra cotidianidad es un tránsito cíclico por sitios que no nos importan: el metro, un atasco, esperando a que salga un vuelo, pero también el gimnasio o la oficina cuando nuestro trabajo solo es muy medio para ganar dinero. Y luego está la pantalla, claro. Cuando Marc Augé dio con ese término el mundo era muy distinto al actual, había otras pantallas pero era difícil prever hacia dónde avanzaríamos, cuan incrustadas estarían en nuestro día a día. Porque no hay mayor no-lugar que la pantalla: es el no-lugar dentro del no-lugar, su accesorio perfecto. Y en la canción el término se repite como un mantra para crear como una especie de círculo vital, terminando en el cementerio, quizá el menos no-lugar de todos los que se nombran. (risas) Realmente es un lugar que significa e importa para aquellos que van a dejar flores a sus seres queridos, pero me funcionaba como figura literaria para cerrar ese círculo.

Ya que hablamos de cementerios, en la lápida de Marshall McLuhan, uno de los más reputados analistas de la influencia de los medios en nuestra sociedad, puede leerse: “La verdad nos hará libres”. ¿Qué opinaría el pobre si os escuchara repetir varias veces “No importa la verdad”, tanto en «Producción de sentido 24/7» como en «Último episodio»?
Su frase “el medio es el mensaje” es una reflexión brillante y todavía vigente, lo que venimos comentando de que la pantalla es un canal tan potente que fagocita todos los temas que fluyen a través de él. Pero como en el caso de Augé, la sociedad ha cambiado de forma brutal desde la época de McLuhan y quizá hoy en día no se aferraría tanto al concepto de verdad o, más bien dicho, al concepto de verdad que él conoció. La verdad no es que no importe, es que ya no existe. ¿Qué es verdad? Esa dicotomía entre lo real y lo virtual ha dejado de tener validez, más bien hay una contaminación entre verdad y apariencia de verdad. Está muy extendido en la sociedad, ha calado hondo muy profundamente, y eso ha provocado que desarrollemos una forma de percepción híbrida entre lo que es real y lo que es virtual.

Una aparente verdad inoculada en nuestra sociedad es ese “velan por tu seguridad” que esgrime el juez de «Atentado», sin duda el tema más valiente del disco. Es una crítica sin ambages de la impunidad con que la autoproclamada autoridad ejerce su violencia, un himno anti-policial para tiempos modernos de Ley Mordaza.
La policía es el brazo ejecutor del Estado y el sistema judicial autoriza sus acciones, legitimando que ejerza su autoridad de una forma absolutamente desproporcionada y coactiva, como tristemente vemos en la actualidad. Es un tema preocupante y echo en falta que se hable más de ello, no en el circuito underground donde siempre ha estado presente esa denuncia a la autoridad, sino en bandas de pop y de rock que tienen mayor proyección, con presencia en medios y festivales. Es una problemática amplia y compleja de abordar, pero decidí hacerlo partiendo de una experiencia personal, de un encontronazo que sufrí con varios policías y que terminó conmigo 17 horas en un calabozo y con una denuncia por su parte. Tuve que ir a juicio porque alegaban atentado contra la autoridad, como han hecho con muchísima gente.

Según su versión, yo con mi metro setenta lesioné a dos policías, cuando lo que hubo es un forcejeo mío con cinco de ellos. Pero saben muy bien qué terminología usar en los atestados para que pase los distintos filtros de la burocracia y llegue al juzgado sin resquicio de duda. Porque, lógicamente, cualquier cosa que ellos te hagan está legitimada y es en el ejercicio de su deber, que no es otro que el de protegerte, claro, con ese lenguaje paternalista y cínico tan característico. Así pues, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado funcionan también como una pantalla porque proyectan una ficción o más bien ejercen de trampantojo que desvirtúa la realidad que se esconde detrás.

Por cierto, una curiosidad, ¿por qué la palabra “pantalla” aparece en todos los temas menos en «Adorno»?
Es un juego conmigo mismo. Siempre me han gustado los autores que insertan pequeños juegos o bromas privadas en sus obras, a veces que solo ellos eran capaces de descifrar. Una vez leí que Fugazi, creo que en Repeater, metieron el mismo verso o la misma derivación de una acción en varias de las canciones; me encantó, vi que les conectaba con el espíritu juguetón de las vanguardias europeas, de surrealistas y dadaístas. ¿Por qué no se incluyó esa palabra en una de las canciones? Porque me hacía gracia que estuviera en todas menos en una. (risas) Tengo que decirte que lo intenté, había una variante de «Adorno» que, cambiando dos o tres versos, incluía la palabra pantalla, pero entre que me hizo gracia hacer el juego y que creía que la letra quedaba más redonda sin meterla, pues opté por omitirla.

Alguien que trabaja con tanto esmero las letras, que se obsesiona con elegir las palabras adecuadas, debe ser un lector voraz. Cuéntame qué libros han marcado Gran Pantalla y otros que hayas leído últimamente.
Para preparar el disco profundicé en mi obsesión por todo lo relacionado con Internet, las pantallas y la tecnología: estuve leyendo a Jean Baudrillard y reflexiones de filósofos más actuales como Byung-Chul Han, un surcoreano que ejerce de profesor en Berlín y que, entre muchos otros temas sobre la sociedad actual, hace un análisis muy interesante sobre la transparencia. De otros libros recientes, te diré uno que me encantó y que recomiendo a todo el mundo, La búsqueda del algoritmo, de Ed Finn y editado por Alpha Decay; también la biografía del poeta maldito Eduardo Haro Ibars, que lleva años descatalogada, encontré en la biblioteca de mi barrio, Carabanchel, y devoré en una semana; y A sangre y fuego, un libro de Manuel Chaves Nogales, el autor de la biografía de Belmonte, que presenta diversas historias entre lo real y lo ficticio sobre la Guerra Civil Española.

Y como no paro ya le tengo el ojo echado a dos cosas: Teoría general de la basura, escrito por Agustín Fernández-Mallo, y especialmente Culpables por la literatura: imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986), de Germán Labrador Méndez, un tocho como de 700 páginas que cuenta la Transición a través de personajes underground de la literatura, la pintura, el cómic y demás; creadores al margen de la historia oficial de esa época. Ese tipo de periodismo que busca en los márgenes, desde Rastros de carmín a lo que edita Servando Rocha en La Felguera, me interesa muchísimo.

Afirmáis siempre que os lo preguntan que no tenéis ninguna intención de vivir de la música. ¿No es este el país adecuado, hay un techo para un grupo con vuestro discurso o queréis mantener un pie en esa cotidianidad vuestra para no perder perspectiva?
Me sorprendió enterarme el otro día de que en grupos estadounidenses que uno creería que se ganaban la vida, sus miembros compaginan la música con trabajos normales, como camarero o profesor de guitarra. En España, un país sin esa tradición o la de Inglaterra, la cosa está peor, más todavía en una ciudad como Madrid donde vivir se está poniendo insultantemente caro. A pesar de todo, estamos a gusto con nuestra situación actual, hace dos años no se nos pasaba por la cabeza que podríamos ganarnos un dinero extra con la banda. Pero, siendo realistas, es poco probable que haciendo el tipo de música que hacemos acabemos viviendo de esto en un país como España.

Oye, ahora quiero hacerte una pregunta yo a ti: ¿qué te han parecido los dos temas que funcionan como transiciones en los que habla una inteligencia artificial, una especie de Siri?
La primera vez sorprenden y descolocan, pero luego entendí que tienen relación con la tesis y con el juego que proponéis; por encima de la sucesión de canciones y de sus mensajes hay alguien que lo controla todo, que dirige el disco en sí. Es como si en plena película aparece una actriz que mira a cámara y te habla a ti, al espectador. Queríamos romper la cuarta pared, en este caso musical, para decirte: todo esto que estás escuchando es una ficción.

.. No importa la verdad,
Qué lado del cristal
Captura la pantalla.
Si hay algo más allá,
Si existe algo real
Fuera de la pantalla.

Texto: Roger Estrada
Fotos: Iñigo de Amescua blueindigostudio.com/
Publicado en Ruta 66 (febrero 2020)

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